Revista de Arte Fragmento No. 4 No. 4 | Page 9

Pensar el desatino del hombre esquivo, el paso inconsistente en plena tierra negra, su desvarío constante, la plenitud de su pisada en aguas muertas, ese temblor habitual que el cuerpo lleva, la arrebatada calma que nadie tiene, la presura del anhelo constante. Insatisfecho está el aire del pulmón, cansados los cuerpos que descansan frente al sol, heridos los rostros de la guerra urgente… del amor presente. Creer que el tiempo merece la caprichosa pena, obedecer a ello y callar la voz, tener la boca llena de lo que uno es, y en favor de la pena, dar un paso al frente sellar los labios urgentes, trabar el cobarde temblor, y apagar la única sombra que deberías de alumbrar. Pensar que estamos lejos, por no conocer camino cierto, y olvidarse de un amigo… por no fallar al egoísmo. Percibir que hay aire y que estas vivo, hallar el cuerpo desvelado y fugitivo, obsequiar el alma al olvido, tenerse uno a sí mismo, y no darse por vivo. Desfallece la exquisita mariposa en tu piel, se traslucen sus colores porque a volar vino, y no sabe que vuela, y no conoce su olvido, y a nacer tampoco vino, pero es justo que viva si a la muerte no le teme, y que muera si morir se puede. Y morir debe si a tu piel le teme, y morir debas si a tu voz esperas, si calmas lo que no se ha de calmar, si escribes lo que se ha escrito, si besas lo que se ha besado. Pensar el errado pedido del cuerpo, pedir y no saber que quiere, así como curioso buscando lo que no entiende, llenando quien sabe que, de algo que quien sabe que sea. Así el desatino de la vida, la incertidumbre de nuestra naturaleza, los notarios que la registran, la inquisición de las respuestas, la extensa y camuada mancha de nuestra estela, lo que dejamos sin darnos cuenta. Puedo ver los caballos más veloces en los campos, su bra en carne cuando cabalgan, su alegría alborotada cuando se persiguen, y entre ellos se extrañan, los potreros llenos de ellos, cargados de vida excelsa, animosa y desmedida. Las aves que en arboles todavía cantan, se destilan sus voces goteando sobre las ramas vivas, sobre sus hojas vivas y muertas, son perfectas, exactas y precisas. El cu adro de la tierra fértil es irrevocable, no admite intromisión alguna, no admite lo que no perdura, no admite al hombre que la duda. Pensar la lejanía de tu naturaleza, entender tu disconformidad con la tierra que pisas, saber que te es esquiva porque no la has de entender. Arrodíllate una y otra vez, y con voz de tiza, clama tu aliento en sus entrañas, hunde tus tibios dedos en su tierra húmeda, arrima la tierra a tu rostro si hace falta, riega con tu llanto su llanura, respira el aire que en los arboles perdura, muerde de la fruta su dulce carne, engulle su llanura en tu palma, traza sus innumerables surcos en tu piel apuntillada, bebe del cielo el alma, estruja tu cuerpo sin porfía, desata los nudos del alma herida, y no pretendas tu naturaleza, si la matas con bajezas. Y no estas lejos… y no hay destierro si solo hay tierra 9