Recostada al nacer de la montaña,
con su sinuosa quebrada cantarina,
que nos cuenta con dulce tintineo,
las pasiones y alegrías allí vividas.
Destruida por oscuras pretensiones,
que con el paso del tiempo, el olvido,
ha dejado fantasmagóricos boquetes.
en paredes, en puertas y en ventanas.
Sus techos deshechos por las lluvias,
enmalezados campos antes orecidos,
perdida e ignorada ahora yace muerta,
una de mil y más veredas colombianas.
Varios que allí nacieran se desplazaron,
y los guapos que orgullosos defendieron,
sus terruños, sus arados, sus sembrados,
sus cosechas y sus tierras labrantías.
Hoy, en el pleno e inmaculado plenilunio,
y en las sombras del santo cementerio,
se proyectan con los árboles y cruces,
como semejanzas de eternos vigilantes.
Veredas
de mi
tierra
Por
Luis Marino
Llanos Muñoz
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