Revista Casa Silva Nos. 30 - 31 R.CasaSilva 30-31 completa | Page 192

I sa í as Pe ñ a Gu t ié r re z Tan Hesíodo. Copia romana de un original helenístico, Museo Británico. pronto terminé de leer el libro Botella papel, del poe- ta colombiano Ramón Cote Baraibar, me pregunté por sus herencias o afinidades. Y no lo hice por prejuicios académicos, sino porque me sorprendió verlo alejado de las corrientes normales de la poesía colombia- na e, incluso, latinoamericana. Nosotros solemos editar libros de poesía que son el resultado de la acumulación de poemas escritos durante un año, un lustro o una década, sin que los una ningún propósito en particular, salvo la motivación poética de cada día. Lo cual no invalida, por supuesto, la edición del libro, ni descalifica la calidad de los poe- mas. Pero el caso de libros como Botella papel, proyecta otros alcances tanto del poeta como de su poesía. Son horizontes y metas concebidos como grandes unidades, como apropiaciones de mundos latentes que no apa- recían visibles ante los ojos del lector; o, pueden ser expresiones singulares de las conexiones entre las entrañas del poeta y las vicisitudes de los objetos que él entiende como suyos. Dicho de otra manera, utilizando palabras de Cote Baraibar, puede ser la apropiación de los fulgores y de los vestigios de lo que hoy nace y mañana muere por parte de quien a todo le duele y nada desperdicia, como lo es el verdadero poeta. Esa fue mi primera sorpresa con este li- bro y por eso él me hizo recordar aquel viejo título de Hesíodo, Los trabajos y los días, donde se habla de algunos dioses y, sobre todo, de los quehaceres de los hombres en De fulgores y vestigios, en Ramón Cote el campo, como, por ejemplo, cuáles son los días buenos para la siembra o cuáles para pescar. Y pensé en otros autores colombia- nos, muy pocos por cierto, que hablan de los oficios humildes, de las cosas elementales, de las márgenes que por marcar los límites casi nunca nadie toca. Recordé a Castro Saavedra y a Mendoza Varela. Sin embargo, aquellas asociaciones que hice sólo me sirvieron para reconocer en el libro de Ramón Cote Baraibar la distancia que él había tomado frente a todo lo ante- rior. Botella papel surge, por ejemplo, del lamento femenino que recorría las calles bogotanas hace algunos años y que fue perdiéndose entre el fulgor y los vestigios del tiempo y la memoria de la ciudad. Es la primera impronta de este bello libro y de estos poemas en pro- sa que nos sobrecogen y nunca nos abandonan, tal vez, porque su autor llegó en el momento cru- cial del apocalipsis a una ciudad que se desvanecía entre la neblina y el amañado progreso. El poeta re- coge y enarbola en su portada el sonido que solo entenderían los habitantes de la urbe que crecía con unos incipientes recicla- dores. Esas mujeres recitaban al amanecer, al medio día, o al atardecer, por las calles solitarias, su lamento diario, la consigna que las acompañaba y sin la cual desaparecerían de sus propias vidas. Y el poeta no duda en tatuarlo en la carátula de su libro porque allí en sus páginas desfilarán, entre la euforia del estreno y el óxido del olvido, todos aquellos que con sus oficios y quehaceres harían vi- vible el presente que, inevitablemente, muy pronto se desvanecería. Ramón Cote, sin los días”, y cierra el párrafo así: “Sólo por embargo, juega a la paradoja con su título. eso la vida parece eterna”. Para rematar, Dos sustantivos seguidos, sin coma, como sentencioso y pensativo, con una línea final suenan en el lamento de las mujeres, con la y aparte: “Entre fulgores y vestigios”. afectación fonética que ellas le imponen en Esa línea (o verso) final (“Entre fulgores su aparente quejumbre gitana, al ser tras- y vestigios”) podría haber sido el título del feridos a la escritura, se convierten en algo libro. No obstante, el poeta se decide por casi surreal. La expresión “botella papel”, el lamento femenino, por la composición entonces, se transforma en una imagen plás- surreal, por la voz alargada que se desliza tica, en una pregunta sin respuesta, en un por entre pavimentos, paredes y ventanas grito que sale entre lastimero e inocente, y de las frías calles de la ciudad, por donde que, en el fondo, sólo está accediendo a una transitarán sus peatones (ahora recuerdo, posible y pobre oferta y demanda. Al cierre también, a los poetas Luis Vidales y Rogelio del libro, en la página Echavarría), sus fantas- 81, donde comienza una mas de oficios varios, tan breve segunda parte, de necesarios para todos apenas cinco poemas, quienes vivimos la ciu- escrita en 1999, Ramón dad, pero tan ligeros en Cote nos entrega un poe- los mapas de la memoria ma titulado “Reservas de urbana. visibilidad” (es la sexta Porque otra de las parte del libro, “Conjetu- características de los po- ra final”). En ese poema bladores de este lujoso y se sintetiza, a mi modo humilde, desgarrador y de ver, la idea central de acentuado libro de poe- su libro y podría sugerir sía en prosa, es la de que Marc Augé otro título para el mismo. ellos jamás trabajaron en Es un texto que potencia lo dicho antes en lugares fijos, en oficinas sedentarias. Fueron todos sus poemas, que con cara y sello ter- siempre nómadas, transeúntes, fugaces y mina de redondear las dos realidades que necesarios como la luz, dueños y poseedo- han asediado al poeta cada vez que se ha res de los no lugares, como los denominara enfrentado con algunos objetos propios de Marc Augé. Entre el fulgor de sus vidas y el la ciudad (por ejemplo, un hidrante), o con vestigio que obligados construyeron, se forjó los oficios y sus oficiantes bogotanos. En la una estela fugaz, como si fuera la función primera parte de dicho poema dice: “De en una sala de cine, que se fue disolvien- fulgores se componen los días”, y cierra el do en la flaca memoria humana. Todavía párrafo diciendo: “Sólo por eso la vida pare- algunos de esos pobladores ambulantes se ce eterna”. Y en la segunda parte, del mismo atraviesan en los semáforos; otros, apenas poema, juega así: “De vestigios se componen los recordamos, y con estos poemas de r e v i s t a r e v i s t a  