Revista Aula Magna | Page 18

ISMA - Instituto Superior Marista A-730 Aula Magna Nº 13 frustraciones no sanadas permanecen latentes y dificultan una vida unificada y profética. El cuidado de nosotros mismos pasa también por decisiones personales que implican la búsqueda de ayudas adecuadas. La comunidad es una referencia esencial de nuestra vida religiosa. Nuestras comunidades están llamadas a ser escuelas de espiritualidad y fraternidad. Me pregunto: ¿cómo ayudarnos a llevar una vida comunitaria fructífera, sencilla y fraterna, abriendo nuestras puertas a los que comparten la misión con nosotros? Nuestras comunidades dejan de tener validez si no son acogedoras, si no son lugares donde los jóvenes se sienten aceptados, queridos y valorados. Con decisión, en los próximos años, necesitaremos avanzar en la construcción de nuevos modos de acompañamiento de hermanos y comunidades, intentando buscar caminos de mayor fecundidad apostólica. Necesitamos hallar una nueva organización de nuestras comunidades para que generen más vida y entusiasmo por la misión, para que prioricen el acompañamiento de nuestros hermanos jóvenes. La realidad se va imponiendo y es importante que revisemos la vitalidad de las comunidades y obras. El sostenimiento de la estructura actual nos está cansando y debemos buscar nuevos modelos de gestión que permitan la revitalización de la vida religiosa personal y comunitaria. En los próximos años deberemos avanzar, necesariamente, hacia una reducción y nueva conformación de comunidades. En esta tarea de ser mejores hermanos cobra una importancia insoslayable la formación inicial y permanente. La formación inicial es aquella que nos hace “hombres capaces de entregar la vida a Dios en el seno de una comunidad apostólica” (C 95). Debemos seguir trabajando con empeño, apertura y entusiasmo, buscando las mejores condiciones y métodos para ofrecer calidad formativa a los jóvenes que aspiran a la vida marista. La formación personal continua sigue siendo un tema pendiente y debemos ser creativos en los procesos y medios que pongamos en marcha. El cultivo personal (intelectual, espiritual…) necesita mayor concreción, porque fácilmente queda relegado, influenciado, entre otras cosas, por una dedicación excesiva a la misión que no permite suficientemente la reflexión y la interiorización. De este modo, una cierta superficialidad de vida se va apoderando de nosotros, encontrando gran dificultad para vivir como hermanos consagrados, en actitud de discernimiento, sencillez y cercanía a los niños y jóvenes. 2. La tarea de caminar juntos, hermanos y laicos, en misión y vida compartidas Dios nos ha regalado a hermanos y laicos una vocación marista. Esta vocación nos lleva a compartir entre nosotros: misión, espiritualidad y vida. En vez de oponerse, nuestras vocaciones específicas de hermanos y laicos, sin confundirse, se iluminan mutuamente. En los últimos años hemos dado pasos importantes en compartir la misión, pero nos queda aún el desafío de avanzar más decididamente en la valiosa tarea de compartir la espiritualidad y la vida. Este proyecto común de hermanos y laicos nos tiene que ilusionar urgiéndonos a movilizar todas nuestras energías, asumiendo la diversidad de cada uno, su carisma personal y su manera particular de vivir la vida marista. Lejos de ver todo esto como una amenaza, lo percibimos como una excelente oportunidad para caminar juntos, construyendo la familia de Champagnat cuya visión de futuro sigue marcando la historia. En esta relación de hermanos y laicos maristas me permito situar la urgencia de la Pastoral Vocacional. Ante esta problemática ninguno de nosotros puede quedar indiferente. Todos estamos implicados (C 94). En el futuro próximo necesitaremos profundizar el considerable trabajo realizado durante estos últimos años, buscando caminos nuevos para ayudar a los jóvenes a seguir a Jesús, según el espíritu o carisma de Marcelino Champagnat. Además de orar, debemos también repensar una pastoral vocacional vinculada más orgánicamente con la pastoral juvenil. Quizás tengamos que repensar una pastoral vocacional más amplia, que implique mayor compromiso del laicado, asumida claramente desde los distintos equipos y grupos implicados en nuestra misión (directivos, agentes de pastoral y solidaridad, educadores, fraternidades, exalumnos, padres de familia…). Los niños y los jóvenes que educamos en nuestras obras experimentan en su interior muchas cosas profundas, hondos deseos de trascendencia. Y estos deseos necesitan ser despertados, estimulados, sostenidos y trabajados. Muchos de ellos podrán encontrar en nuestra vocación de hermanos su lugar para responder al llamado de Dios. Mi gran deseo es que, en los próximos años, hermanos y laicos, nos ayudemos más intensamente a vivir nuestras respectivas vocaciones, mediante procesos de crecimiento humano que nos lleven a compartir, además de la misión y la formación, la vida y la espiritualidad;