REFUGIO HARLAN Refugio - Harlan Coben ULT | Page 78

No sabía qué podía pasar a continuación si el tío era tan tonto como para levantarse o golpearme en las piernas, pero estaba preparado. —¡Eh, ¿qué está pasando?! —era la señora Owens. Solté a Troy. Se puso en pie de un salto con la poca dignidad que le quedaba y me lanzó una mirada como diciendo: « Has tenido suerte, estaba a punto de patearte el culo» . No se la mantuve—. He preguntado que qué está pasando. Todo el mundo murmuró « Nada, nada» y Troy, Buck y sus compinches se desvanecieron. La señora Owens se me quedó mirando fijamente unos instantes y, después, también se marchó. Ema se puso a mi lado. —Pelearse con uno de los alumnos de último año más populares; cabrear a una profesora y al jefe de policía del pueblo; y ser amigo de dos de los alumnos más marginados —me dio una palmada en la espalda—. Vay a… menuda entrada que has hecho en el instituto. Aún teníamos algo de tiempo antes de que sonara el timbre, así que nos inclinamos sobre el portátil de Ema. Hizo doble « clic» en el icono del vídeo. El pasillo B del instituto apareció en la pantalla. Esperaba que la imagen fuera mala o en blanco y negro, pero parecía alta definición. Ema pinchó el « Play » y en las imágenes apareció un hombre. No era profesor. No era estudiante. No era de mantenimiento. No; parecía un pandillero. Llevaba una camiseta sin mangas, unos vaqueros caídos y barba de tres días. Al cuello llevaba varias cadenas de oro; y en la mano derecha, una palanca. Y tenía un tatuaje en la cara. —… Un tatuaje en la cara —y miré al Cuchara—. ¿No dijo la señora Kent que el hombre que había entrado en su casa tenía un tatuaje en la cara? Asintió. —Tiene que ser el mismo. ¿Qué tendría que ver este pandillero con Ashley ? El vídeo no tenía sonido y el silencio resultaba abrumador. « Cara Tatuada» se paró delante de la taquilla de Ashley y la forzó con la palanca. Se apartó, abrió la puerta y miró dentro. Incluso sin sonido, era evidente su cabreo y que, posiblemente, estuviera soltando sapos y culebras por la boca. La taquilla estaba vacía. Al rato, se marchó. —Eso es todo —dijo el Cuchara. Ema paró el vídeo. —¿Y ahora, qué? —dije—. ¿Se lo enseñamos a la policía? —Estarás de broma —soltó el Cuchara mientras se subía las gafas con el dedo. —Es posible que este tipo sea el que entró en casa de los Kent… y tenemos