REFUGIO HARLAN Refugio - Harlan Coben ULT | Seite 76
Pero la ignoraron. Yo me devanaba los sesos en busca de una salida.
—Pues claro, hombre —Troy tomó el relevo—. ¿No ves que eres la leche?
El Cuchara se subió las gafas con el dedo.
—¿Cómo dices?
—Pues eso, tío, que eres como la leche… pero cuando se agria. Que apestas,
vamos.
Levantó la mano y Buck se la chocó. Los deportistas que había tras ellos se
rieron a carcajadas. El Cuchara, en cambio, se quedó con un palmo de narices,
como si alguien le hubiera pegado una bofetada.
—Qué ingenioso, tío. Venga, devuélvenos el portátil —dije.
Troy esgrimió una sonrisa burlona y se acercó a mí.
—Olvídame.
—¡En cuanto vay a al baño y tire de la cadena se olvidará de ti! —le gritó el
Cuchara con lágrimas en los ojos.
Lo miré e hice una mueca como diciendo: « Venga, tío, no te rebajes» .
—¿Quieres que te dé una patada en el culo, Arthur?
—¡Me llamo Cuchara!
—¿Qué?
—Es mi mote: Cuchara. Como el suy o es « Ema» ; y el de ese,
« Meabragas» .
—Pero ¿qué…? —Buck se puso rojo otra vez y se lanzó a por él—. ¡Yo sí que
te voy a dar una patada en el culo!
Me interpuse entre ambos.
—¿Por qué no te metes conmigo?
—¿Es que tú también quieres morir?
—No, lo que quiero es que nos devolváis el portátil.
—¿Lo quieres? —me preguntó Troy, que se acercó tanto a mí que pude oler
los huevos revueltos que había desay unado. Tenía el portátil en la mano derecha
y lo meneaba de arriba abajo—. Pues quítamelo.
Y eso es lo que hice.
Cuando estudiaba artes marciales en el Amazonas, nos centrábamos mucho
en cómo desarmar a los rivales. Evidentemente, me habían dicho mil veces que
en una situación real no lo intentara, que era mucho más inteligente salir
corriendo. Ahora bien, me enseñaron a hacerlo por si alguna vez no me quedaba
más remedio. La clave es el factor sorpresa. Si el tipo sabe que vas a por el
arma, es casi imposible que se la quites sin que te hiera antes (a pesar de lo que
se ve en las películas de kung-fu).
Pero en este caso, claro está, no había armas y, por tanto, no había peligro.
Así que no me lo pensé dos veces. Troy no se lo esperaba, así que tampoco lo
sujetaba con mucha fuerza. Fue sencillo. Además, he de reconocer que la
genética juega a mi favor en estos casos; el mérito no es mío, me viene de