CAPÍTULO DIEZ
Eran las dos y cuarto cuando entré, silenciosamente, en casa. Me vibró el móvil.
Un mensaje de Ema: « En casa. ¿Contento?» .
« Mucho» .
Avanzaba de puntillas hacia la puerta del sótano cuando oí voces en el piso de
arriba. Al principio pensé que sería la televisión, pero no, una de las voces era la
de mi tío. La otra —¿perdona?— era de mujer. Mmm.
Me acerqué a la escalera. La luz del dormitorio de mi tío estaba apagada,
pero la del despacho no. Mi tío me había contado en numerosas ocasiones que el
despacho había sido la habitación de papá y que, antes de que él se trasladara al
sótano, la compartían. Siempre estaba con lo que hacían y dejaban de hacer
juntos en aquella habitación: que si jugar a juegos de tablero como el Risk y el
Stratego… que si cambiarse cartas de béisbol… que si disputar ligas de
baloncesto con una pelota de espuma… A veces, cuando no había nadie en casa,
entraba allí e intentaba imaginar cómo sería mi padre de pequeño. Pero nunca se
me ocurría nada; la remodelación había desprovisto al lugar de todos los
recuerdos y parecía la oficina de un contable.
Subí y me detuve junto a la puerta. Mi tío estaba delante del ordenador,
chateando por videoconferencia (¿a esas horas? ¿Qué era esto?).
—Ahora no puedo ir —dijo él.
—Lo entiendo. Yo tampoco.
¿Con quién estaría hablando? Oy e, no estaría ligando por Internet, ¿no? Pero si
ninguno quería ir a casa del otro… Toma.
—Lo sé —era mi tío.
—Carrie no está preparada.
¿Eh? ¿Quién era Carrie? ¿Otra más? Toma y toma.
—Entonces, ¿qué hacemos?
—My ron, quiero que seas feliz.
—Tú me haces feliz.
—Ya; tú a mí también. Pero deberíamos ser realistas.
Desde luego, no parecían dos extraños intentando ligar; sino dos personas con
el corazón roto. Volví a mirar. Mi tío tenía la cabeza agachada y en la pantalla vi
a una mujer con el pelo negro como el carbón.
—Puede que tengas razón. Quizá debamos ser realistas —y levantó la cabeza
para mirarla a los ojos—. Pero esta noche no, ¿vale?
—Vale —y, a continuación, la mujer le dijo « No sabes cuánto te amo» con
la voz más dulce que he oído jamás.
—Yo también te amo.
No sé qué hacía allí. Ni sabía quién era aquella mujer ni de qué estaban
hablando. Nunca le había preguntado a mi tío si tenía novia o algo porque, en