parecía fingido; como si hubiera ido a un colegio privado y quisiera que te
quedase claro—, pero no estás preparado para asimilar las respuestas.
—¿Eso qué quiere decir?
—Quiere decir —con ese mismo acento— lo que he dicho.
Fruncí el ceño.
—Venga y a, eso parece sacado de una galletita de la suerte.
Esbozó una sonrisa.
—No le hables a nadie de nosotros.
—¿Y a quién se lo iba a contar?
—No se lo digas a nadie. Ni a tu tío.
—¿A mi tío? ¿Y qué le iba a decir, si no sé nada? ¿Quiénes sois?
—Te lo diremos cuando llegue el momento.
—¿Y cuándo será eso?
El hombre entró en el coche. Nunca parecía que tuviera prisa, pero cada uno
de sus movimientos era rápido y fluido, como si no fuera humano.
—¡Eh! —corrí hacia el coche para evitar que cerrara la puerta—. ¿Qué
hacíais en casa de la Murciélago? ¿Quiénes sois?
Pero llegué tarde; le dio tiempo a cerrar la puerta. Encendieron el motor.
Golpeé las ventanillas, tal y como había —medio— planeado anteriormente.
—¡Parad!
El coche arrancó y, sin pensarlo dos veces, salté sobre el capó. Como en las
pelis. Solo que en las pelis no se ve que un capó no tiene dónde agarrarse. Busqué
esa parte que hay cerca de los limpiaparabrisas, pero no conseguía asirme a
nada. El coche avanzó unos metros, frenó suavemente y salí despedido.
Aunque me tambaleé, conseguí aterrizar de pie. Ahora estaba delante del
coche y les retaba a que me atropellasen. Aunque hasta el parabrisas estaba
tintado, miraba hacia el asiento del pasajero fijamente, imaginando que estaba
mirando al calvo a los ojos. Durante unos instantes, no sucedió nada. Permanecí
delante del coche.
—¿Quiénes sois? ¿Qué queréis de mí?
Oí que bajaban la ventanilla del copiloto. Sentí la tentación de ir hacia ella…
pero quizá fuera una gilipollez may úscula. Quizá el hombre solo quisiera que me
apartara para poder irse.
—¡La Murciélago me dijo que mi padre está vivo!
Para mi sorpresa, me respondió:
—Pues no debería haberte contado eso.
Me quedé helado.
—¿Lo está? —un largo silencio—. Mi padre, ¿está vivo?
Puse las manos en el capó de nuevo y crispé los dedos como si pudiera coger
el coche y sacudirlo para sacarle una respuesta.
—Ya hablaremos.