CAPÍTULO UNO
Iba camino del instituto, abstraído, compadeciéndome de mí mismo —mi padre
había muerto hace poco, mi madre estaba internada y mi chica había
desaparecido— cuando vi a la Murciélago por primera vez.
Ya había oído lo que se decía de ella, claro está. Por lo visto, era una anciana
que vivía sola en la casa destartalada que hay en la esquina de Hobart Gap con
Pine. Ya sabes a cuál me refiero. Esa frente a la que me encontraba ahora
mismo. La pintura, amarilla y vieja, estaba toda desconchada —como un perro
may or al que se le cae el pelo—. La pared de cemento, antaño sólida, estaba
cuarteada. Por encima del césped sin cortar sobresalían dientes de león que
alcanzaban la altura que debe tener un niño si quiere montar en las atracciones
para adultos del parque Six Flags.
Se decía que la Murciélago tenía cien años y que solo salía por la noche. Y si
tras el final de algún entrenamiento o partido de la Liga Infantil, algún pobre niño
no llegaba a casa antes de que oscureciera —bien porque se había arriesgado a ir
andando en vez de hacerlo en coche, bien porque estaba lo suficientemente
chalado como para atajar por el jardín de la anciana—, siempre se debía a que
la Murciélago lo había atrapado. Aunque no estaba claro lo que te hacía.
Hace muchos años que no desaparecía ningún niño en el pueblo. Los
adolescentes como mi novia Ashley, no obstante, lo hacían de un día para otro —
por mucho que el día anterior estuvieran dándote la mano y mirándote a los ojos,
haciendo que te palpitase el corazón como si se te fuera a salir del pecho—. Pero
¿los niños? No, ellos están a salvo hasta de la Murciélago.
Así que estaba a punto de cambiar de acera —incluso los adolescentes
maduros como y o (que acababa de empezar a cursar segundo curso en un nuevo
instituto) preferíamos evitar aquella casa fantasmagórica— cuando la puerta
principal empezó a abrirse lentamente acompañada de un chirrido. Me quedé
helado. Durante unos instantes no sucedió nada más. La puerta estaba
completamente abierta, pero allí no había nadie. Permanecí quieto y expectante.
Puede que parpadeara —no estoy seguro— pero de repente… ahí estaba la
Murciélago. Podría tener tanto cien años como doscientos. Desconocía la razón
por la que la llamaban así pero, desde luego, no se parecía en nada a uno de esos
mamíferos. Tenía el pelo gris y largo hasta la cintura, como el de un hippy, y le
ondeaba al viento, lo que ocultaba parcialmente su rostro; llevaba un vestido
blanco y ajado que parecía un traje de novia de esos que salen en las películas de
miedo antiguas o en el videoclip de alguna banda de heavy metal; y tenía la
espalda curvada como un signo de interrogación.
Poco a poco, levantó la mano —tan pálida que se le veían todas las venas y
resultaba más azulada que blanca— y me apuntó con el dedo, tembloroso y
huesudo. No dije nada. Siguió señalándome hasta que estuvo segura de que la