REFUGIO HARLAN Refugio - Harlan Coben ULT | Page 6

CAPÍTULO UNO Iba camino del instituto, abstraído, compadeciéndome de mí mismo —mi padre había muerto hace poco, mi madre estaba internada y mi chica había desaparecido— cuando vi a la Murciélago por primera vez. Ya había oído lo que se decía de ella, claro está. Por lo visto, era una anciana que vivía sola en la casa destartalada que hay en la esquina de Hobart Gap con Pine. Ya sabes a cuál me refiero. Esa frente a la que me encontraba ahora mismo. La pintura, amarilla y vieja, estaba toda desconchada —como un perro may or al que se le cae el pelo—. La pared de cemento, antaño sólida, estaba cuarteada. Por encima del césped sin cortar sobresalían dientes de león que alcanzaban la altura que debe tener un niño si quiere montar en las atracciones para adultos del parque Six Flags. Se decía que la Murciélago tenía cien años y que solo salía por la noche. Y si tras el final de algún entrenamiento o partido de la Liga Infantil, algún pobre niño no llegaba a casa antes de que oscureciera —bien porque se había arriesgado a ir andando en vez de hacerlo en coche, bien porque estaba lo suficientemente chalado como para atajar por el jardín de la anciana—, siempre se debía a que la Murciélago lo había atrapado. Aunque no estaba claro lo que te hacía. Hace muchos años que no desaparecía ningún niño en el pueblo. Los adolescentes como mi novia Ashley, no obstante, lo hacían de un día para otro — por mucho que el día anterior estuvieran dándote la mano y mirándote a los ojos, haciendo que te palpitase el corazón como si se te fuera a salir del pecho—. Pero ¿los niños? No, ellos están a salvo hasta de la Murciélago. Así que estaba a punto de cambiar de acera —incluso los adolescentes maduros como y o (que acababa de empezar a cursar segundo curso en un nuevo instituto) preferíamos evitar aquella casa fantasmagórica— cuando la puerta principal empezó a abrirse lentamente acompañada de un chirrido. Me quedé helado. Durante unos instantes no sucedió nada más. La puerta estaba completamente abierta, pero allí no había nadie. Permanecí quieto y expectante. Puede que parpadeara —no estoy seguro— pero de repente… ahí estaba la Murciélago. Podría tener tanto cien años como doscientos. Desconocía la razón por la que la llamaban así pero, desde luego, no se parecía en nada a uno de esos mamíferos. Tenía el pelo gris y largo hasta la cintura, como el de un hippy, y le ondeaba al viento, lo que ocultaba parcialmente su rostro; llevaba un vestido blanco y ajado que parecía un traje de novia de esos que salen en las películas de miedo antiguas o en el videoclip de alguna banda de heavy metal; y tenía la espalda curvada como un signo de interrogación. Poco a poco, levantó la mano —tan pálida que se le veían todas las venas y resultaba más azulada que blanca— y me apuntó con el dedo, tembloroso y huesudo. No dije nada. Siguió señalándome hasta que estuvo segura de que la