REFUGIO HARLAN Refugio - Harlan Coben ULT | Page 163

Buddy Ray no había utilizado cuerda, sino bridas de plástico con las que le había atado las muñecas. Y lo había hecho muy fuerte. No sabía qué hacer. Miré en derredor en busca de algo con lo que cortarlas… pero allí no había nada. —Mickey … —Espera, intento pensar en cómo soltar las bridas. —No se puede —respondió completamente desmoralizada, pero no le hice caso. —Retuerce las muñecas —le pedí mientras intentaba colar mis dedos por las bridas y abrirlas. Nada. —No hay tiempo. Tienes que marcharte. —No. —Mickey, va a volver enseguida. Vete, por favor. No me hará más que un poco de daño. ¿No ves que no va a estropear la mercancía? Yo seguía intentando romper las bridas. Nada. Me acerqué al temible armario de los horrores y le pegué una patada al candado… pero nada. Miré a ver si había algo que utilizar de palanca… ¡lo que fuera! Nada, la habitación estaba completamente vacía excepto por la silla y el armario. ¡Joder! Le pegué otra patada al candado y me convencí de que así iba a ser imposible abrir la puerta. Saqué el móvil. Era hora de llamar a la policía. —¡No! ¡Como vea un solo coche de policía empezará a matar gente! Daba igual; no tenía cobertura en este búnker de hormigón. ¿Y, ahora qué? El tiempo corría. ¿Cuánto tardaría en volver el carnicero? —Por favor, Mickey, escúchame, ¿vale? No hay tiempo. Tienes que irte. Si te hace daño… si te pasa algo… no me lo perdonaré jamás. Fui hasta ella y le cogí la cara con las manos. Me miró con aquellos ojos preciosos y suplicantes. —No pienso dejarte aquí. ¿Me has entendido? Pase lo que pase, no pienso dejarte con ese monstruo. El tiempo seguía corriendo. Las bridas y el candado eran muy fuertes como para romperlos, sí… pero ¿y la silla? —Cuidado. —¿Qué vas a hacer? Y le pegué una patada a una de las patas de madera. Nada. Otra patada. La pata empezó a ceder. Le pegué una patada más y se rompió. Seguía atrapada pero, al menos, ahora podía moverse. Si consiguiéramos salir de allí abajo… Pero, entonces, la puerta empezó a abrirse. Se acabó. Fin. Estaba claro lo que iba a pasar a continuación: Buddy Ray, con el cuchillo en la mano, me vería, pediría ay uda y Max y los demás llegarían a la carrera como la caballería. No había nada que hacer. Si nos parábamos a sopesar nuestras opciones… nos quedaríamos sin ellas. Así que no sopesé nada: agaché la cabeza y cargué. No había otra. Corría tan