Buddy Ray no había utilizado cuerda, sino bridas de plástico con las que le
había atado las muñecas. Y lo había hecho muy fuerte. No sabía qué hacer. Miré
en derredor en busca de algo con lo que cortarlas… pero allí no había nada.
—Mickey …
—Espera, intento pensar en cómo soltar las bridas.
—No se puede —respondió completamente desmoralizada, pero no le hice
caso.
—Retuerce las muñecas —le pedí mientras intentaba colar mis dedos por las
bridas y abrirlas. Nada.
—No hay tiempo. Tienes que marcharte.
—No.
—Mickey, va a volver enseguida. Vete, por favor. No me hará más que un
poco de daño. ¿No ves que no va a estropear la mercancía?
Yo seguía intentando romper las bridas. Nada. Me acerqué al temible armario
de los horrores y le pegué una patada al candado… pero nada. Miré a ver si
había algo que utilizar de palanca… ¡lo que fuera! Nada, la habitación estaba
completamente vacía excepto por la silla y el armario. ¡Joder!
Le pegué otra patada al candado y me convencí de que así iba a ser
imposible abrir la puerta. Saqué el móvil. Era hora de llamar a la policía.
—¡No! ¡Como vea un solo coche de policía empezará a matar gente!
Daba igual; no tenía cobertura en este búnker de hormigón. ¿Y, ahora qué? El
tiempo corría. ¿Cuánto tardaría en volver el carnicero?
—Por favor, Mickey, escúchame, ¿vale? No hay tiempo. Tienes que irte. Si te
hace daño… si te pasa algo… no me lo perdonaré jamás.
Fui hasta ella y le cogí la cara con las manos. Me miró con aquellos ojos
preciosos y suplicantes.
—No pienso dejarte aquí. ¿Me has entendido? Pase lo que pase, no pienso
dejarte con ese monstruo.
El tiempo seguía corriendo. Las bridas y el candado eran muy fuertes como
para romperlos, sí… pero ¿y la silla?
—Cuidado.
—¿Qué vas a hacer?
Y le pegué una patada a una de las patas de madera. Nada. Otra patada. La
pata empezó a ceder. Le pegué una patada más y se rompió. Seguía atrapada
pero, al menos, ahora podía moverse. Si consiguiéramos salir de allí abajo…
Pero, entonces, la puerta empezó a abrirse. Se acabó. Fin. Estaba claro lo que
iba a pasar a continuación: Buddy Ray, con el cuchillo en la mano, me vería,
pediría ay uda y Max y los demás llegarían a la carrera como la caballería. No
había nada que hacer.
Si nos parábamos a sopesar nuestras opciones… nos quedaríamos sin ellas.
Así que no sopesé nada: agaché la cabeza y cargué. No había otra. Corría tan