descuento porque trabaja en el instituto. Es el bedel. Pero no le pidas que te abra
el vestuario de las chicas, ¿vale? Es que y o se lo pedí una vez y se negó en
redondo. Mi padre es muy estricto, ¿sabes?
—Claro, claro.
En la zona de los marginados había una mesa casi vacía, excepto por
Ema/Emma (aún no sabía cómo se llamaba realmente), la ingrata damisela en
apuros.
—¿Qué me dices de lo de ser tu Asno?
—Ya te diré algo.
Apreté el paso y puse mi bandeja junto a la de la chica. Llevaba el mismo
maquillaje negro y llamativo del otro día, ropas negras, botas negras, y tenía el
pelo negro y brillante y la piel pálida. Era gótica o emo o como sea que se
denomine esta gente hoy en día. Tenía los antebrazos llenos de tatuajes. Uno de
ellos se escondía por debajo de la manga y volvía a asomarle por el cuello. Me
miró con una cara tan hosca que parecía que quisiera pegarme.
—Oh, vay a, la buena acción.
—¿La buena acción? ¿Qué quieres decir?
—Piensa un poco.
Y lo hice. Pero no sabía a qué se refería.
—Ya lo entiendo, crees que me siento contigo porque me da pena que estés
sola, ¿no?
Puso los ojos en blanco.
—Vay a, y y o que pensaba que eras uno de esos deportistas idiotas.
—Intento ser un hombre del Renacimiento.
—Vay a, tú también estás con la señora Friedman, ¿eh? —y miró a derecha e
izquierda—. ¿Dónde está tu novia la pija?
—Ni idea.
—Así que has pasado de sentarte con la guapita remilgada a hacerlo conmigo
—y sacudió la cabeza—. Tío, menudo paso atrás.
—Por cierto, ¿cómo te llamas? —quería salir de dudas.
—¿Y qué más te da?
—Es que un chico te llamó « Ema» , pero la señora Owens te llamaba
« Emma» .
Cogió el tenedor y empezó a jugar con la comida. Me fijé en que llevaba
pendientes en las cejas. Joder, qué dolor.
—Llamarme, me llamo « Emma» , pero todo el mundo me llama « Ema» .
—¿Y eso? ¿Cómo prefieres que te llamen?
—Ema —respondió a regañadientes.
—Vale, pues Ema.
—¿A qué te dedicas cuando no estás rescatando a la gorda? —seguía jugando
con la comida.