—¿Tienes que ir a alguna parte?
—He quedado con una compañera de clase.
—Pues no va a ser hoy.
—¿Cómo dice?
—Por esta vez voy a ser benévolo. Solamente voy a castigarte. Esta tarde.
—Hoy no…
—¿Por?
—Tengo una cita muy importante esta tarde.
—Vives con tu tío, ¿verdad?
—Sí.
El señor Grady levantó el auricular del teléfono de su despacho. Era un
teléfono grande y pesado, de esos que salen en las películas en blanco y negro.
—Dame su número de teléfono. Voy a llamarle y a explicarle por qué vas a
llegar tarde. Si me dice que se trata de una emergencia impostergable, cumplirás
el castigo mañana.
El pánico me soltó la boca:
—¡Troy le quitó el portátil a mi amiga! ¡Luego me cogió por la camisa! ¡Yo
solo me defendí!
—Hijo, ¿es así como quieres llevar este asunto? —y enarcó una ceja.
No. Me calmé. No había nada que hacer. Le pregunté si le importaba que
mandase un mensaje de texto antes de ir a la sala de castigo. Me respondió que
no y le mandé un mensaje a Rachel para decirle que saldría una hora más tarde,
que si podía esperarme, por favor.
No obtuve respuesta.
Nunca había estado castigado pero, al fin y al cabo, también era la primera
vez que asistía a una escuela estadounidense. No sabía muy bien con qué me iba
a encontrar, pero resultó que el castigo consistía en una hora de aburrimiento
puro y duro. Los alumnos castigados se reunían en la clase de educación vial y
no se podía usar el móvil, ni otros aparatos electrónicos, ni leer, ni nada. La
may oría de los chavales apoy aban la cabeza en el pupitre y aprovechaban para
echar una cabezada. Yo me dediqué a buscar patrones en las baldosas del suelo.
Cuando me aburrí, empecé a leer todos los carteles de seguridad al volante: los
de no beber alcohol, los de no escribir mensajes, los de moderar la velocidad,
había de todo.
Pensé en mi padre. Pensé en nuestro accidente de tráfico y en si el conductor
del todo terreno estaría bebido, escribiendo algún mensaje de texto o
conduciendo con exceso de velocidad. Pensé en el conductor del pelo bermejo y
los ojos verdes y en cómo su cara decía que mi vida nunca volvería a ser igual.
Cuando pasó la hora —la más larga de toda mi vida— saqué el móvil para
ver si tenía algún mensaje, pero no había nada de Rachel. Me sentí desalentado y
me dirigí lentamente a la salida. Y allí estaba ella.