para hablar del asunto. Márchense o los castigaré a los tres.
—¡Ha agredido a mi ordenador!
—¿Cómo dice?
—¡Ha sido asalto con agresión, o como se llame!
—¿Está poniendo en duda mi autoridad, jovencito?
El Cuchara abrió la boca para seguir protestando, pero le pegué una patada
bien fuerte para que la cerrara. Me puse en pie, tiré de él y, acto seguido, los tres
abandonamos la cafetería. En el pasillo empezamos a hablar de qué clase
teníamos a continuación. Yo tenía Lengua, el Cuchara tenía hora de estudio y
Ema tenía Gimnasia « pero no pensaba ir» .
El Cuchara nos llevó a uno de los armarios de mantenimiento de la planta
baja y nos arremolinamos alrededor del portátil una vez más. Le dio al « Play »
y dijo:
—Fijaos.
Y ahí estaba: la taquilla de Ashley. El Cuchara tenía preparado el vídeo en el
punto adecuado: el preciso momento en el que se abría la taquilla. Observamos
en silencio mientras alguien vaciaba la taquilla y lo metía todo en una mochila.
De pronto me quedé con la boca abierta.
—¡Lo sabía! —dijo Ema—. ¡Te lo advertí!
No era Ashley la que vaciaba la taquilla… ni Antoine LeMaire ni Buddy Ray
ni el gigantón de Derrick. La persona que acababa de abrir la taquilla con la
combinación y que la había vaciado no era otra que Rachel Caldwell.
Al principio sentí una gran confusión… que dio paso casi inmediatamente a la ira.
Estaba furioso. Más que furioso. No solo sentía que me había traicionado, sino
que me sentía como el infeliz más tonto del universo. Nos enfadamos con otras
personas cuando nos hieren o cuando nos engañan… pero el enfado es aún
may or cuando hacen que nos sintamos como idiotas. Y y o, ahora mismo, me
sentía como un tonto de las narices.
Rachel Caldwell me había mirado con aquellos ojos grandes y azules… y me
había desarmado. Me faltaban sinónimos: tonto, infeliz, imbécil, inocente. En una
palabra: ¡y o!
Le había devuelto a Rachel cada sonrisa, cada mirada cómplice, cada risita…
Qué falsa. ¡Qué falsa! ¿Cómo podría haber dejado que me engañara así?
Ema tenía una expresión triunfal.
—Ya te dije que no confiaras en ella.
No respondí.
—Da igual lo que hay as visto en este vídeo; no cambia la realidad —dijo el
Cuchara y se subió las gafas con el dedo.
—¿Y cuál es la realidad? —preguntó Ema.