CAPÍTULO DIECISIETE
A la mañana siguiente, llamé a mi madre a la Clínica de Rehabilitación
Coddington. La operadora respondió: « Un momento, por favor» . Sonaron un par
de tonos y alguien cogió el teléfono.
—¿Mickey ?
No era mi madre, sino la directora del centro, Christine Shippee.
—Quiero hablar con mi madre.
—Y y o quiero darme una ducha con Brad Pitt. Lo siento mucho, pero y a te
dije que nada de comunicarse con ella.
—No puedes impedir que hable con ella.
—Claro que puedo, Mickey. Y, y a que llamas, quiero preguntarte si sabes lo
que es un « cómplice» en nuestro argot.
Otra vez la misma pregunta.
—No fui y o quien le dio las drogas.
—No, pero eres muy blando con ella. Tienes que ser más duro.
—No sabes lo que le ha tocado vivir.
—Pues claro que sí —dijo como si sofocase un bostezo—. Su marido ha
muerto; su único hijo está creciendo; no tiene perspectivas de futuro; tiene miedo,
se siente sola y está deprimida. ¿Te crees que tu madre es la única que está aquí
por lo mal que lo ha pasado?
—Qué simpática eres. No me extraña que los pacientes te quieran tanto.
—Yo fui una de ellos, Mickey. Era una adicta manipuladora. Sé cómo
funciona. Ven a verme la semana que viene y charlaremos. Mientras tanto,
céntrate en el instituto —y colgó.
La may or parte de la mañana nos la pasamos en una especie de asamblea.
No recuerdo muy bien lo que se dijo. Dos políticos locales intentaban hablarnos
de tú a tú, lo que desembocó en condescendencia y aburrimiento puros y duros.
Pasé todo el tiempo mirando de un lado para el otro y lanzándome miraditas con
Rachel.
A la hora de la comida, me senté con Ema en la que empezaba a convertirse
en « nuestra mesa» . No veíamos al Cuchara por ningún lado. Por una vez,
intentamos hablar de los estrenos cinematográficos, de la música que nos gustaba
y de nuestros programas de televisión preferidos… pero acabábamos volviendo
al Holocausto y a aquella niña heroica llamada Lizzy Sobek.
En un momento dado, levanté la vista y vi a Troy y a Buck. Ya no me
sorprendía que me lanzaran aquella sonrisita de suficiencia. Troy me miró como
diciendo: « sé una cosita que tú no sabes» y empezó a agitar los brazos como si
fueran alas y a emitir una especie de graznidos.
—Un murciélago —dijo Ema.
—Sí, la Murciélago.