Miré el plato. Era blanco y tenía serigrafiada la misma mujer voluptuosa del
toldo de afuera junto con un eslogan de lo más previsible: « Plan B, por si te falla
el plan A» .
Tenía la boca seca. Avanzaba vacilante. Tengo que confesarte que estaba
nerviosísimo, sí… pero también sentía curiosidad. Jamás había estado en un lugar
como este. Sabía que tenía que sobreponerme y comportarme de manera
madura pero, en parte, me sentía muy travieso y excitado.
La música, machacona, estaba alta. Lo primero con lo que me topé fue una
de esas máquinas automáticas que dan cambio (billetes de cinco, diez y veinte).
Parecía que fuera para las propinas de las bailarinas. Los hombres se sentaban en
una barra que era, al mismo tiempo, un escenario. En general, bebían cerveza
mientras las mujeres bailaban con unos zapatos de tacón de aguja tan altos que
parecían zancos. Intenté no quedarme mirando como tonto. Algunas de las
bailarinas eran muy guapas; pero otras, no. Se trabajaban a los clientes para que
les dejasen propina. Había un letrero en el que ponía: PROHIBIDO TOCAR A
LAS CHICAS. SI TOCAS, TE VAS. Aun así, los hombres les metían billetes en el
tanga sin vacilar.
El bufé estaba tras de mí. Eché una ojeada. Las tortitas eran Doritos y la
carne picada estaba marinada en tanta grasa de cerdo que parecía que estuviera
revestida de gelatina. En aquella penumbra era difícil decir si el lugar estaba
sucio pero, desde luego, lo parecía. No es que y o fuera un maniático de la
limpieza, pero incluso sin la advertencia del letrero… te aseguro que no habría
tocado nada.
¿Y ahora, qué? Vi unos taburetes libres en una esquina alejada. A los pocos
segundos de sentarme se me acercaron dos mujeres. La del escote de vértigo y
el pelo teñido de rojo fuego se deslizaba. No sabría decirte qué edad tenía. Podría
haber sido una veinteañera cascada, una treintañera maciza o una cuarentona
buenorra. Me incliné porque fuera una veinteañera. La otra mujer era la
camarera.
La del pelo rojo se sentó y me sonrió. Hizo todo lo posible para que pareciera
que me sonreía de corazón, pero era evidente que fingía —parecía que la llevase
pintada o que fuera de plástico—. Era, al mismo tiempo, la sonrisa más amplia y
más triste que había visto jamás.
—Me llamo Candy.
—Yo soy M… Bob.
—¿Seguro?
—Claro. Bob.
—Qué monada.
—Gracias —como verás, incluso cuando estoy nervioso, cuando estoy en un
lugar así, no dejo de soltar frases de lo más ingeniosas.
La mujer se inclinó hasta que el interior de su escote quedó a la vista.