Pero un día, cuando recorría con gozo entre fresas caramelizadas y árboles piruleta, un enorme vacío se abrió a sus pies, y apareció un pozo profundo, del que asomaba una alargada lengua de azúcar que lo quería absorber.
Asustado, recordó las palabras del viento, y deseó encontrarse con los amargos ojos de su amiga María.
Justo cuando la lengua de azúcar se lo iba a devorar cerró los ojos y a lo que los abrió estaba en el otro mundo, junto a su linda amiga María. Desde entonces no ha vuelto a probar los dulces y ha apreciado a sus amigos y a su familia, pero a la que más... ¡ a María!