Huyó cuando amaneció, porque se escondía entre la oscuridad y el sol le daba
Huyó cuando amaneció, porque se escondía entre la oscuridad y el sol le daba
miedo. Se refugió, entonces, en una casa abandonada, donde vio a un niño sentado en una silla. El niño, al verlo tan triste y lleno de oscura soledad, le sugirió que hiciera las paces con su sombra, para volver a ver la luz. Entonces el hombre se fue hacia la cueva de la que fue arrojado, y esperó a que hubiera un eclipse, el momento justo en que se unieran el Sol y la Luna, y que la sombra quedara, por fin, difuminada. Abandonó el cuerpo prestado y, asombrado levantó la cabeza...
El hombre vio el cielo, y luego el reloj que llevaba y se dio cuenta de que quedaban solo diez segundos para que el eclipse colapsara la luz y su sombra se difuminada. La vio a lo lejos. Ocho segundos, la sombra estaba casi a su alcance. Cinco segundos, estaba a dos pasos. Alzó el cuchillo y, tras un tiempo, el cuchillo bajó a toda velocidad y se clavó en el hombre, en su corazón ardiente. Entonces el hombre vio toda su vida por delante, rápido y horrible, pero por último, la sombra muriendo, convirtiéndose en una mujer, la mujer de sus sueños, que moría a la vez que él. Así se murieron, los dos juntos, de la mano, bajo la luz cegadora del eclipse.