Aquel parón forzoso le permitió detenerse, algo que —dice— muy pocas personas se permiten por voluntad propia. Y en esa pausa entendió que la seguridad que creía tener no era tal. Que ningún sistema es inquebrantable. Que depender exclusivamente de una estructura externa también es un riesgo.
Fue entonces cuando tomó la decisión más desafiante de su vida: liderarse a sí misma.
Para Cristina, el liderazgo no empieza dirigiendo equipos, sino asumiendo la responsabilidad de las propias decisiones. “Ser líder es saber comunicar tu historia desde el corazón”, afirma. Y también "es atreverse a romper patrones heredados".
Criada en un entorno donde el emprendimiento no era una opción natural, tuvo que desaprender miedos muy arraigados: el temor a ser autónoma, a no tener un salario fijo, a salirse del guion. “Mi generación tenía muy demonizado el hecho de emprender”, reflexiona. Hoy, sin embargo, lo considera su mayor descubrimiento.
La pandemia como punto
de inflexión
La pandemia fue, en sus palabras, una desgracia colectiva que, paradójicamente, se convirtió en su gran despertar personal. La empresa en la que trabajaba cerró. Tras 32 años de trayectoria, Cristina se encontró en una situación de vulnerabilidad económica que jamás había imaginado. “Toqué fondo”, admite. Y en ese fondo apareció una pregunta inevitable: ¿qué quiero hacer realmente con mi vida?