Al gran tucumano Nicolás Avellaneda le tocó
una niñez dolorosa y difícil. Había nacido en
1836. Dos días antes de que cumpliera los seis
años, su padre, Marco Manuel de Avellaneda,
fue degollado en Metán por orden del general
Manuel Oribe. Así, le había costado la vida su
papel protagónico en la Liga del Norte contra
Rosas, derrotada semanas atrás en la batalla de
Famaillá.
Era Nicolás el mayor de cinco hermanos: Marco,
Manuel, Eudoro y una beba, Isabel Juliana, que tenía
tres meses en aquel momento. La tragedia de Metán
hizo que la madre, doña Dolores Silva de Avellaneda,
partiera a caballo, con sus hijos y sus suegros,
rumbo a Bolivia para ponerse a salvo.