Tragando su amargura, el gobernador lo envió
a Belgrano, como
portador de una nota donde solicitaba a
Avellaneda
un arreglo que detuviera el derramamiento de
sangre. El
presidente no quiso recibir a un emisario de
los
sediciosos. Designó a tres de sus ministros,
Carlos
Pellegrini, Santiago Cortínez y Benjamín
Zorrilla,
para que se entendieran con él.