POR QUIEN DOBLAN LAS CAMPANAS Hemingway,Por quien doblan las campanas (1) | Page 90
—Ya no tengo miedo ahora a los toros –dijo el chico–; a ninguno. He visto
toros peores y más peligrosos. Seguro que no hay toro tan peligroso como
una ametralladora. Pero si estuviese ahora en la plaza, no sé si sería
dueño de mis piernas.
—Quería ser torero –explicó Pilar a Robert Jordan–; pero tenía miedo.
—¿Te gustan a ti los toros, camarada dinamitero? –preguntó Joaquín,
dejando ver al sonreír una dentadura blanquísima.
—Mucho –contestó Robert Jordan–. Muchísimo.
—¿Has visto los toros de Valladolid? –preguntó Joaquín.
—Sí, en septiembre, en la feria.
—Valladolid es mi pueblo –dijo Joaquín–. ¡Y qué pueblo tan bonito! Pero,
¡cuánto ha sufrido la buena gente de ese pueblo durante la guerra! –Luego
se puso serio.– Fusilaron a mi padre, a mi madre, a mi cuñada y, ahora,
han fusilado a mi hermana.
—¡Qué bárbaros! –dijo Robert Jordan. ¡Cuántas veces había oído decir eso!
¡Cuántas veces había visto a las gentes pronunciar aquellas palabras con
dificultad! ¡Cuántas veces había visto llenárseles de lágrimas los ojos y
oprimírseles la garganta para decir con esfuerzo: Mi padre o mi madre o
mi hermano o mi hermana...! No podía acordarse de cuántas veces los había
oído mencionar a sus muertos de esa forma. Casi siempre hablaban las
gentes como el muchacho, de golpe y a propósito del nombre de un pueblo;
y siempre había que responder: ¡Qué bárbaros!
Hablaban solamente de las pérdidas; no contaban la forma cómo había caído
el padre, como lo había hecho Pilar diciendo el modo en que habían muerto
los fascistas en la historia que le contó al pie del arroyo. Se sabía
todo lo más que el padre había muerto en el patio o contra alguna tapia o
en algún campo o en un huerto, o por la noche, a la luz de los faros de
un camión y a un lado del camino. Se veían las luces del coche en la
carretera desde el monte y se oían los tiros, y luego se bajaba a recoger
los cadáveres. No se veía! fusilar a la madre ni a la hermana ni al
hermano; se oía. Se oían los tiros y después se encontraban los
cadáveres.
Pero Pilar se lo había hecho ver en las escenas ocurridas! en aquel
pueblo.
Si aquella mujer supiera escribir... Trataría de acordarse! de su relato,
y si tenía la suerte de recordarlo bien, podría] transcribirlo tal y como
se lo había referido. ¡Dios, qué bien contaba las cosas aquella mujer!
«Era mejor que Quevedo»,! pensó. Quevedo no ha descrito nunca la muerte
de ningún don Faustino como ella la ha descrito. «Querría escribir lo!
suficientemente bien para reproducir esa historia», siguió! pensando. «Lo
que nosotros hemos hecho. No lo que nos han hecho los otros.» De eso ya
sabía él bastante. Sabía mucho de lo que pasaba detrás de las líneas.
Pero había que conocer antes a las gentes. Hacía falta saber lo que
habían sido antes en su pueblo.
«A causa de nuestra movilidad y porque nunca hemos sido! obligados a
permanecer en el sitio en donde hacemos el trabajo para recibir el
castigo, nunca sabemos cómo acaban las cosas en realidad –siguió
pensando–. Está uno en casa de un campesino con su familia. Llega uno por
la noche y cena uno con ellos. De día se oculta uno y a la noche
siguiente uno se marcha. Hace uno su trabajo y se va. Si se vuelve a
pasar por allí, uno se entera de que todos han sido fusilados. Tan
sencillo como todo eso.
162Pero cuando sucedían esas cosas uno se había marchado. Los partizans
hacían el daño y se esfumaban. Los campesinos se quedaban y recibían el
castigo. «Siempre he sabido lo que les pasó a los otros –pensó–. Lo que
les hicimos nosotros al comienzo. Siempre lo he sabido y me ha inspirado