POR QUIEN DOBLAN LAS CAMPANAS Hemingway,Por quien doblan las campanas (1) | Page 85

»Como digo, aquella noche cenamos y fue muy curioso. Era como después de una tormenta o de una inundación o de una batalla, y todo el mundo estaba cansado y nadie hablaba mucho. Pero yo me sentía vacía y nada bien; me sentía llena de vergüenza, con la sensación de haber obrado mal; tenía un gran ahogo y un presentimiento de que vendrían cosas malas, como esta mañana, después de los aviones. Y claro es que llegó lo malo. Llegó al cabo de tres días. »Pablo, mientras comíamos, habló muy poco. »–¿Te ha gustado, Pilar? –me preguntó, al fin, con la boca llena de cabrito asado. Comíamos en la posada de donde salen los autocares, y la sala estaba llena; las gentes cantaban y el servicio era escaso. »–No –dije–. Salvo lo de don Faustino, no me gustó nada. »–A mí me gustó –dijo Pablo. »–¿Todo? –pregunté yo. »–Todo –dijo, y se cortó un gran pedazo dé pan con su cuchillo y se puso a mojar la salsa–. Todo, menos lo del cura. »–¿No te gustó el cura? –le pregunté, sabiendo que odiaba a los curas aún más que a los fascistas. »–No, el cura me ha decepcionado –dijo Pablo tristemente. »Había tanta gente que cantaba, que teníamos que gritar para oírnos el uno al otro. »–¿Por qué? »–Murió muy mal –contestó Pablo–. Tuvo muy poca dignidad. »–¿Cómo querías que tuviese dignidad mientras la gente le daba caza? –le pregunté–. Me parece que estuvo todo el tiempo con mucha dignidad. Toda la dignidad que se puede tener en semejantes momentos. »–Sí –dijo Pablo–; pero en el último momento tuvo miedo. »–¿Y quién no hubiera tenido miedo? –pregunté yo–. ¿No viste con qué le golpeaban? »–¿Cómo no iba a verlo? –preguntó Pablo–. Pero encuentro que murió muy mal. »–En semejantes condiciones, todo el mundo hubiese muerto muy mal –le dije–. ¿Qué más quieres? Todo lo que pasó en el Ayuntamiento fue una cosa muy fea. »–Sí –contestó Pablo–; no hubo mucha organización. Pero un cura debería haber dado ejemplo. »–Creí que odiabas a los curas –le dije. »–Sí –contestó Pablo, y se cortó más pan–; pero un cura español debería haber muerto bien. »–Pienso que ha muerto bastante bien –dije yo–, para haber estado privado de toda formalidad. »–No –dijo Pablo–; yo me he llevado un chasco. Todo el día estuve esperando la muerte del cura. Pensaba que sería el último que entrase en las filas. Lo esperaba con mucha impaciencia. Lo esperaba como una culminación. No había visto nunca morir a un cura. »–Todavía tienes tiempo –le dije yo, irónicamente–: el Movimiento acaba de empezar hoy. »–No –dijo él–; me siento chasqueado. »–Ahora –dije– supongo que vas a perder la fe. »–No lo comprendes, Pilar –dijo él–. Era un cura español. »–¡Qué pueblo, eh, los españoles! ¡Ah, qué pueblo tan orgulloso! ¿No es así, inglés? ¡Qué pueblo!» —Habrá que marcharse –dijo Robert Jordan. Levantó los ojos al sol–. Es casi mediodía. —Sí –contestó Pilar–. Vamos a marcharnos ahora mismo. Pero déjame contarte lo que pasó con Pablo. Aquella misma noche me dijo: "Pilar, esta noche no vamos a hacer nada."