POR QUIEN DOBLAN LAS CAMPANAS Hemingway,Por quien doblan las campanas (1) | Seite 82
»La multitud se apretaba contra la puerta y los que estaban delante eran
aplastados por los otros, que empujaban desde atrás, y en la plaza, un
borrachín de blusa negra, con un pañuelo rojo y negro en torno al cuello,
llegó corriendo y se arrojó contra la muchedumbre y cayó de bruces al
suelo; entonces se levantó, se echó para atrás, cogió carrerilla y volvió
a lanzarse de nuevo contra las espaldas de los hombres que empujaban,
gritando:" ¡Viva yo y viva la anarquía!"
»Mientras yo miraba, el hombre se alejó de la multitud, y fue a sentarse
por su cuenta y se puso a beber de su botella, y mientras estaba sentado
vio a don Anastasio, tendido en el pavimento, pero muy pisoteado, y
entonces el borracho se levantó y se acercó a don Anastasio y le arrojó
el contenido de la botella por la cabeza y por la ropa. Luego sacó una
caja de cerillas del bolsillo y encendió varias, intentando prender fuego
a don Anastasio, pero el viento soplaba con fuerza y apagaba las
cerillas. Al cabo de un momento, el borracho se sentó junto a don
Anastasio, moviendo la cabeza con tristeza y bebiendo de la botella, y de
cuando en cuando se inclinaba sobre el cadáver y le daba golpecitos
amistosos en la espalda.
»En todo ese tiempo la muchedumbre había seguido gritando que abrieran, y
el hombre que estaba subido en mi silla se agarraba con todas sus fuerzas
a los barrotes de la ventana, gritando también que abrieran, hasta que me
dejó sorda con sus rugidos y con su aliento maloliente, que me echaba
encima, y dejé de mirar al borracho que intentaba prender fuego a don
Anastasio y empecé a mirar al interior del salón del Ayuntamiento, y todo
continuaba como antes. Seguían rezando todos los hombres arrodillados,
con la camisa abierta, unos con la cabeza inclinada, otros con la cabeza
erguida, mirando al sacerdote y al crucifijo que el sacerdote tenía en
sus manos; el sacerdote rezaba muy de prisa, mirando hacia lo alto, y
detrás de ellos Pablo, con un cigarrillo encendido, estaba sentado sobre
la mesa, balanceando las piernas, con el fusil a la espalda y jugando con
la llave.
»Vi a Pablo inclinarse de nuevo para hablar al cura, pero no podía oír lo
que hablaba por culpa de los gritos; pero el cura seguía sin responderle
y seguía rezando. Un hombre se levantó en esos momentos del semicírculo
de los que rezaban y vi que quería salir. Era don José Castro, a quien
todos llamaban don Pepe, un fascista de tomo y lomo, tratante de
caballos. Estaba allí, pequeño, con aire de enorme pulcritud, aun sin
afeitar como iba, y con una chaqueta de pijama metida en un pantalón gris
a rayas. Don Pepe besó el crucifijo, el cura le bendijo, y entonces don
Pepe levantó la cabeza, miró a Pablo e hizo un gesto con la cabeza hacia
la puerta.
»Pablo le contestó con otro movimiento de cabeza, sin dejar de fumar.
Podía ver yo que don Pepe le decía algo a Pablo; pero no podía oír lo que
le decía. Pablo no respondió: movió simplemente la cabeza señalando a la
puerta.
»Entonces vi a don Pepe volverse para mirar también a la puerta y me di
cuenta de que no sabía que la puerta estaba cerrada con llave. Pablo le
enseñó la llave y don Pepe se quedó mirándola un instante, y luego volvió
a su sitio y se arrodilló. Vi al cura, que miraba a Pablo, y a Pablo,
que, sonriendo, le enseñaba la llave y el cura pareció entonces darse
cuenta por vez primera de que la puerta estaba cerrada con llave, y
pareció que iba a decir algo, porque hizo como si fuera a mover la
cabeza; pero la dejó caer adelante y se puso a rezar.
»No sé cómo se las habían arreglado hasta entonces para no comprender que
la puerta estaba cerrada, a menos que estuviesen demasiado ocupados con
sus rezos y con las cosas en que estaban pensando; pero al fin habían
comprendido todos; comprendían lo que querían decir los gritos y debían