POR QUIEN DOBLAN LAS CAMPANAS Hemingway,Por quien doblan las campanas (1) | Page 158
«Así es que has luchado», se dijo. Y en la lucha ese sentimiento de
pureza se pierde entre los que sobreviven y se hacen buenos combatientes.
Nunca dura más de seis meses.
La defensa de una ciudad es una forma de la guerra en la que se puede
tener semejante sensación. La batalla de la Sierra había sido así. Allí
lucharon con la verdadera camaradería de la revolución. Allí arriba,
cuando hubo que reforzar la disciplina, él había comprendido y aprobado.
Bajo los bombardeos algunos hombres huyeron por miedo. El vio cómo los
fusilaban y los dejaban hincharse, muertos, al borde de la carretera, sin
que nadie se preocupase de ellos si no era para quitarles las municiones
y los objetos de valor. Quitarles las municiones, las botas y los
chaquetones de cuero era cosa ordinaria. Despojarlos de los objetos de
valor era una cosa práctica. Así era el único medio de impedir que los
cogieran los anarquistas.
Parecía justo y necesario fusilar a los fugitivos. No había nada malo en
ello. La fuga era egoísta. «Los fascistas habían atacado y nosotros los
habíamos detenido en aquella ladera de las montañas del Guadarrama, con
sus rocas grises, sus pinos enanos y sus tojos. Resistimos en la
carretera bajo las bombas de los aviones y luego bajo los obuses, cuando
trajeron la artillería, y por la noche, los supervivientes contratacaron
y los obligaron a retroceder. Más tarde, cuando los fascistas intentaron
deslizarse por la izquierda, colándose entre las rocas y los árboles,
nosotros aguantamos en el Clínico, disparando desde las ventanas y el
tejado, aunque ellos lograron infiltrarse por los dos lados y supimos
entonces lo que era estar cercados, hasta el momento en que el
contraataque los rechazó de nuevo, más allá de la carretera.
»En medio de todo aquello, entre el miedo que reseca la boca y la
garganta, entre el polvo levantado por los escombros y el pánico de la
pared que se derrumba, tirándose uno al suelo entre el fulgor y el
estrépito de una granada, limpiando una ametralladora, apartando a los
que la servían, que yacen con la cara contra el suelo cubierto de
cascotes, protegiendo la cabeza para tratar de arreglar el cargador
encasquillado, sacando el cargador roto, enderezando las cintas,
pegándose luego al suelo detrás del refugio, barriendo después con la
ametralladora la carretera, hiciste lo que tenías que hacer y sabías que
estabas en lo cierto. Entonces conociste el éxtasis de la batalla, con la
boca seca y con el terror que apunta, aun sin llegar a dominar, y
luchaste aquel verano y aquel otoño por todos los pobres del mundo,
contra todas las tiranías, por todas las cosas en las que creías y por un
mundo nuevo, para el que tu educación te había preparado. Aquel invierno
aprendiste a sufrir y a despreciar el sufrimiento en los largos períodos
de frío, de humedad y barro, de cavar y construir fortificaciones. Y la
sensación del verano y del otoño desaparecía bajo el cansancio, la falta
de sueño, la inquietud y la incomodidad. Pero aquel sentimiento estaba
allí aún y todo lo que se sufría no hacía más que confirmarlo. Fue en
aquellos días cuando sentiste aquel orgullo profundo, sano y sin
egoísmo... Todo aquel orgullo, en el Gay lord, te hubiera hecho pasar por
un pelmazo imponente. No, no te hubieras encontrado a gusto en el Gay
lord en aquellos tiempos. Eras demasiado ingenuo. Te hallabas en una
especie de estado de gracia. Pero quizá no fuera el Gaylord así por
entonces. No, en efecto, no era así por entonces. No era así en absoluto.
Porque, sencillamente, el Gaylord no existía.»
Karkov le había hablado de aquella época. Por aquellos días los rusos,
los pocos que había en Madrid, estaban en el Palace. Robert Jordan no
llegó a conocer a ninguno de ellos. Eso fue antes de que se organizaran
los primeros grupos de guerrilleros, antes de que conociera a Kashkin y a
los otros.