POR QUIEN DOBLAN LAS CAMPANAS Hemingway,Por quien doblan las campanas (1) | Seite 155
Dispondrían para ellos de tres días en Madrid. Tres días es mucho tiempo.
Podría llevarla a ver a los hermanos Marx, en «Una noche en la Opera».
Aquella película la habían estado proyectando tres meses y seguramente
seguirían proyectándola tres meses más. A María le gustarían los hermanos
Marx en la Opera. Sí, seguro que le gustarían.
Había desde el Gaylord un buen trecho hasta aquella cueva. No, en
realidad no había tanta distancia. La distancia realmente grande era la
del regreso de aquella cueva hasta el Gaylord. Había estado con Kashkin
por vez primera en el hotel, y no le gustó. Kashkin le había llevado
porque quería presentarle a Karkov, y quería presentarle a Karkov porque
Karkov deseaba conocer norteamericanos y porque era un gran admirador de
Lope de Vega, el mayor admirador de Lope de Vega en el mundo y decía que
Fuenteovejuna era el drama más grande que se había escrito. Puede que
fuera verdad, aunque Jordan no pensaba lo mismo.
Le había gustado Karkov, pero no el lugar. Karkov era el hombre más
inteligente que había conocido. Calzaba botas negras de montar, pantalón
gris y chaqueta gris también. Tenía las manos y los pies pequeños y un
rostro y un cuerpo delicados, y una manera de hablar que rociaba de
saliva a uno, porque tenía la mitad de los dientes estropeados. A Robert
Jordan se le antojó un tipo cómico cuando le vio por vez primera. Pero
descubrió en seguida que tenía más talento y más dignidad interior, más
insolencia y más humor que cualquier otro hombre que hubiera conocido.
El Gaylord le había parecido de un lujo y una corrupción indecentes. Pero
¿por qué los representantes de una potencia que gobernaba la sexta parte
del mundo no podían gozar de algunas cosas agradables? Bueno, gozaban de
ellas y Jordan, molesto al principio, había acabado por aceptarlo y hasta
por verlo con agrado. Kashkin le había presentado a él como un tipo
magnífico, y Karkov empezó desplegando con él una cortesía impertinente.
Pero luego, como Jordan no se las dio de héroe, sino que se puso a contar
una historia muy divertida y escabrosa en la que no quedaba en muy buen
lugar, Karkov pasó de la cortesía a una franqueza grosera y luego a una
insolencia abierta, hasta que acabaron haciéndose buenos amigos.
Kashkin no era más que tolerado en aquel lugar. Había ciertamente un
punto oscuro en su pasado y vino a España a hacer méritos. No quisieron
decirle en qué consistía, pero quizá se lo dijeran ahora, ahora que
Kashkin había muerto. Fuera como fuera, Karkov y él se habían hecho
grandes amigos, y él también había hecho amistad con aquella mujer
asombrosa, aquella mujercita morena, flaca, siempre fatigada, amorosa,
nerviosa, despojada de toda amargura, aquella mujer de cuerpo esbelto,
poco cuidadosa de sí misma, aquella mujer de cabellos negros, cortos,
entrecanos, que era la mujer de Karkov y que servía como intérprete en la
unidad de tanques. También se había hecho amigo de la amante de Karkov,
que tenía ojos de gato, cabellos de oro rojizo, más rojos o más dorados,
según el peluquero de turno, un cuerpo perezoso y sensual, hecho para
amoldarse con otro cuerpo, una boca hecha para moldearse con otra boca y
una cabeza estúpida, una mujer extremadamente ambiciosa y extremadamente
leal. Aquella mujer gustaba de chismes y se entregaba pasajeramente a
otros amores, cosa que parecía divertir a Karkov. Se contaba que Karkov
tenía otra mujer más, aparte la de la unidad de tanques, o quizá dos,
pero nadie lo sabía con certeza. A Robert Jordan le gustaban mucho tanto
la mujer, a la que conocía, como la amante. Pensaba que probablemente
también le gustaría la otra, de conocerla, concediendo que la hubiese.
Karkov tenía buen gusto en materia de mujeres.
Había centinelas con la bayoneta calada delante de la puerta cochera del
Gaylord y sería aquella noche el lugar más confortable del Madrid
sitiado. Le gustaría estar allí, en vez de donde se encontraba, aunque,