POR QUIEN DOBLAN LAS CAMPANAS Hemingway,Por quien doblan las campanas (1) | Page 152

tiovivo. Me he subido dos veces y dos veces, después de dar la vuelta, me he encontrado en el punto de partida. No me subiré más.» Cerró el cuaderno y miró a María. —Hola, guapa –le dijo–. ¿Has comprendido algo de esto? —No, Roberto –dijo la muchacha, y puso su mano sobre la de él, que aún tenía el lápiz entre sus dedos–. ¿Has acabado? —Sí, ahora todo queda explicado y organizado. —¿Qué es lo que haces, inglés? –preguntó Pablo al otro lado de la mesa. Sus ojos estaban de nuevo turbios. Jordan le miró atentamente. «No te subas a la rueda. No te subas a la rueda, porque creo que va a comenzar a dar la vuelta.» .–Estaba estudiando el asunto del puente –respondió con amabilidad. —¿Y cómo va eso? –preguntó Pablo. —Muy bien –contestó Jordan–. Todo marcha muy bien. —Yo he estado estudiando la cuestión de la retirada –dijo Pablo, y Robert Jordan escrutó sus ojos de cerdo borracho y luego miró el cuenco de vino. Estaba casi vacío. «Mantente lejos de la rueda; está empezando a beber. Claro, pero yo no volveré a subirme a esa rueda. ¿No se dice que Grant estuvo borracho la mayor parte del tiempo que duró la guerra civil? Por supuesto, estaba borracho. Pero Grant se sentiría furioso con la comparación si pudiera ver a Pablo. Además, Grant fumaba habanos. Sería conveniente encontrar un habano para Pablo. Era lo que hacía falta para completar su rostro: un habano a medio masticar. ¿Podría encontrarse un habano para Pablo?» —¿Y qué tal marcha eso? –preguntó cortésmente Robert. —Muy bien –contestó Pablo sesudamente, moviendo la cabeza con dificultad– . Muy bien. —¿Has pensado algo? –preguntó Agustín, desde el rincón en que se encontraba jugando a las cartas. —Sí –contestó Pablo–. He pensado algunas cosas. —¿Y dónde las has encontrado? ¿En esa vasija? –intervino Agustín. —Puede ser –repuso Pablo–. ¿Quién sabe? María, lléname el cuenco; haz el favor. —En el odre debe de haber buenas ideas –dijo Agustín, volviendo a sus cartas–. ¿Por qué no te dejas caer dentro y las buscas? —No –dijo Pablo calmosamente–. Las busco en la vasija. «Tampoco él sube a la rueda –pensó Jordan–. La rueda tiene que girar sola en estos momentos. No creo que pueda cabalgarse en ella mucho tiempo seguido. Probablemente es la Rueda de la Muerte. Me alegro de que la hayamos abandonado. Me he subido dos veces y ya me estaba mareando. Pero los borrachos, los miserables y los realmente crueles siguen en ella hasta morir. La ruedecita sube y baja y el movimiento no es nunca igual al anterior. Déjala girar. Lo que es a mí, no volverán a hacerme subir. No, mi general; he desechado esa rueda, general Grant.» Pilar estaba sentada junto al fuego, con la silla vuelta de manera que podía ver por encima del hombro a los dos jugadores, que le volvían la espalda. Estaba observando el juego. «Lo más raro de aquí es la transición de la muerte a la vida familiar. Cuando esa maldita rueda desciende es cuando te atrapa. Pero yo me he apartado de ella. Nadie podrá obligarme a subir de nuevo», estaba pensando Robert. «Hace dos días ni siquiera sabía que Pilar, Pablo y los otros existieran. No había nada parecido a María en este mundo. Era seguramente un mundo más sencillo. Yo había recibido de Golz instrucciones claras que parecían perfectamente hacederas, aunque presentaban ciertas dificultades y arrastraban ciertas consecuencias. Creía que, una vez demolido el puente, volvería a las líneas o no volvería a ellas. Si tenía que volver, llevaba intención de pedir un