POR QUIEN DOBLAN LAS CAMPANAS Hemingway,Por quien doblan las campanas (1) | Page 143

—Tú no eres profesor, porque no tienes barba –insistió Pablo–. Y además, para deshacerte de mí será menester que me mates, y para eso no tienes c... Miraba a Robert Jordan con la boca cerrada, tan apretada, que sus labios no eran más que una estrecha línea; como la boca de un pez, pensó Robert Jordan. Con esa cabeza, se diría uno de esos peces que tragan aire y se hinchan una vez fuera del agua. —Salud, Pablo –dijo Robert Jordan. Levantó la taza y bebió–. Estoy aprendiendo mucho de ti. —Enseño al profesor –dijo Pablo, moviendo la cabeza–. Vamos, don Roberto, seamos amigos. –Ya somos amigos. —Pero ahora vamos a ser buenos amigos. —Ya somos buenos amigos. ' —Ahora mismo me voy –dijo Agustín–. Es verdad que se dice que hace falta comer una tonelada de eso en la vida; pero en estos momentos creo que tengo metida una arroba en cada oreja. —¿Qué es lo que te pasa, negro? –le preguntó Pablo–. ¿No quieres ver que don Roberto y yo somos amigos? —Cuidado con llamarme negro –dijo Agustín, acercándose a Pablo y deteniéndose delante de él, con un ademán amenazador. —Así es como te llaman todos –dijo Pablo. —Pero no tú. —Bueno, entonces te llamaré blanco. —Tampoco eso. —¿Entonces, qué es lo que eres tú, rojo? —Sí, rojo. Con la estrella roja del Ejército en el pecho y a favor de la República. Y me llamo Agustín. —¡Qué patriota! –dijo Pablo–. Fíjate bien, inglés; es un patriota modelo. Agustín le golpeó duramente en la boca con el dorso de la mano izquierda. Pablo siguió sentado. Las comisuras de sus labios estaban manchadas de vino y su expresión no cambió; pero Robert Jordan vio que sus ojos se achicaban como las pupilas de un gato, bajo los efectos de una intensa luz. —Eso no cuenta –dijo Pablo–. No cuentes con eso, mujer. –Volvió la cabeza mirando a Pilar–. No me dejaré provocar. Agustín le golpeó de nuevo. Esta vez le dio con el puño en la boca. Robert Jordan sostenía la pistola por debajo de la mesa con el seguro levantado. Empujó a María hacia atrás con su mano izquierda. La muchacha retrocedió con desgana y él la empujó con fuerza, dándole con la mano un golpe fuerte en la espalda, para que se retirase enteramente. La muchacha obedeció por fin y Jordan vio con el rabillo del ojo que se deslizaba a lo largo de la pared hacia el fogón. Entonces Robert Jordan volvió la vista hacia Pablo. Este permanecía sentado, con su cráneo redondo, mirando a Agustín con sus pequeños ojos entornados. Las pupilas se habían hecho todavía más pequeñas. Se pasó la lengua por los labios, levantó un brazo, se limpió la boca con el revés de la mano, y al bajar la vista, se la vio llena de sangre. Pasó suavemente la lengua por los labios y escupió. —Esto no cuenta –dijo–; no soy un idiota. Yo no he provocado a nadie. —Cabrón –gritó Agustín. —Tú tienes que saberlo –dijo Pablo–. Conoces a la mujer. Agustín le golpeó de nuevo con fuerza en la boca y Pablo se echó a reír, dejando al descubierto unos dientes amarillos, rotos, gastados, entre la línea ensangrentada de los labios. —Acaba ya –dijo. Y cogió su taza para tomar nuevamente vino del cuenco–. Aquí no tiene nadie c... para matarme. Y todo eso de pegar es una tontería.