POR QUIEN DOBLAN LAS CAMPANAS Hemingway,Por quien doblan las campanas (1) | Page 141

—Pero ¿das clase? —Sí. —¿Y por qué enseñas español? –preguntó Andrés–. ¿No te resultaría más fácil enseñar inglés, ya que eres inglés? —Habla el español casi tan bien como nosotros –dijo Anselmo–. ¿Por qué no iba a poder enseñar español? —Sí, pero es un poco raro para un extranjero enseñar español –dijo Fernando–. Y no es que quiera decir nada contra usted, don Roberto. —Es un falso profesor –dijo Pablo, muy contento de sí mismo–. Y no tiene barba. —Seguramente hablará mejor el inglés –dijo Fernando–. ¿No le sería más fácil y más claro enseñar inglés? —No enseña español a los españoles –empezó a decir Pilar. —Espero que no –dijo Fernando. —Déjame acabar, especie de mula –dijo Pilar–: enseña español a los americanos, a los americanos del Norte. —¿No saben español? –preguntó Fernando–. Los americanos del Sur lo hablan. —Pedazo de mulo –dijo Pilar–, enseña español a los americanos del Norte, que hablan inglés. —Pero, a pesar de todo, sigo pensando que le sería más fácil enseñar inglés, que es lo que habla –insistió Fernando. —¿No estás oyendo decir que habla español? –dijo Pilar, haciendo a Robert Jordan un gesto de desconsuelo. —Sí, pero lo habla con acento. —¿De dónde? –preguntó Robert Jordan. —De Extremadura –aseguró Fernando sentenciosamente. —¡Mi madre! –dijo Pilar–. ¡Qué gente! —Es posible –dijo Robert Jordan–. He estado allí antes de venir aquí. —Pero si él lo sabía. Escucha tú, especie de monja –dijo Pilar, dirigiéndose a Fernando–, ¿has comido bastante? —Comería más si lo hubiera –contestó Fernando–; y no crea que tengo nada en contra suya, don Roberto. —Mierda –dijo sencillamente Agustín–. Y remierda. ¿Es que hemos hecho la revolución para llamar don Roberto a un camarada? —Para mí la revolución consiste en llamar don a todo el mundo –opinó Fernando–. Y así es como debiera hacerse en la República. —Leche –dijo Agustín–; j... leche. —Y pienso además que sería más fácil y más claro para don Roberto que enseñara inglés. —Don Roberto no tiene barba –dijo Pablo–; es un falso profesor. —¿Qué quieres decir con eso de que no tengo barba? –preguntó Robert Jordan. Se pasó la mano por la barba y las mejillas, por donde la barba de tres días formaba una aureola rubia. —Eso no es una barba –dijo Pablo, moviendo la cabeza. Estaba casi jovial– . Es un falso profesor. —Me c... en la leche de todo el mundo –dijo Agustín–. Esto parece un manicomio. —Deberías beber –le aconsejó Pablo–; a mí, todo me parece claro, menos la barba de don Roberto. María pasó la mano por la mejilla de Jordan. —Pero si tiene barba –dijo, dirigiéndose a Pablo. —Tú eres quien tiene que saberlo –dijo Pablo, y Robert Jordan le miró. «No creo que esté tan borracho –se dijo–. No, no está tan borracho, y haría bien en estar alerta.» —Dime –preguntó a Pablo–, ¿crees que esta nieve va a durar mucho? —¿Qué es lo que crees tú?