POR QUIEN DOBLAN LAS CAMPANAS Hemingway,Por quien doblan las campanas (1) | Page 130

no se decidió todavía a ponerse en marcha, sino que se quedó allí apoyado contra la parte más resguardada del tronco del pino, esperando. «El inglés me ha dicho que me quede aquí –pensaba–. Quizás esté ahora en camino hacia aquí. Si me voy, puede perderse en la nieve mientras me busca. En esta guerra hemos sufrido por falta de disciplina y desobediencia a las órdenes. Voy a aguardar todavía un rato al inglés. Pero si no llega pronto tendré que irme, a pesar de todas las órdenes, porque tengo que dar un informe inmediatamente y tengo que hacer muchas cosas estos días; y el quedarme aquí helado sería una exageración sin ninguna utilidad.» Del otro lado de la carretera, en el aserradero, brotaba el humo de la chimenea y Anselmo podía percibir el olor del humo porque se lo llevaba el viento al través de la nieve. «Los fascistas están abrigados –pensó–, y muy a gusto, y mañana por la noche los mataremos. Es una cosa rara y no me gusta pensar en eso. Los he estado observando todo el día; son hombres como nosotros. Creo que podría ir al aserradero, llamar a la puerta y que sería bien recibido; si no fuera porque tienen la orden de pedir los papeles a todos los viajeros. Pero entre ellos y yo no hay más que órdenes. Esos hombres no son fascistas. Los llamo así, pero no lo son. Son pobres gentes como nosotros. No debieran haber combatido jamás contra nosotros, y no me gusta nada la idea de matarlos. Los de ese puesto son gallegos. Lo sé, porque los he oído hablar esta tarde. No pueden desertar porque, entonces, fusilarían a sus familias. Los gallegos son muy inteligentes o muy torpes y brutos. He conocido de las dos clases. Lister es de Galicia, de la misma ciudad que Franco. Me pregunto lo que piensan de la nieve esas gentes de Galicia, ahora, en esta época del año. No tienen montañas tan altas como nosotros. En su tierra está siempre lloviendo y todo está siempre verde.» Una luz apareció en la ventana del aserradero. Anselmo se estremeció, pensando: «Al diablo el inglés. Ahí están los gallegos, la mar de confortables, en una casa, aquí, en nuestra Sierra y yo me hielo detrás de un árbol; ellos viven a gusto y nosotros vivimos en un agujero de la montaña como bestias del campo. Pero mañana las bestias saldrán de su agujero y los que están tan a gusto en estos momentos morirán tan a gusto en su cama. Como los que murieron la noche en que atacamos Otero.» No le gustaba acordarse de Otero. En Otero tuvo que matar aquella noche por primera vez y confiaba no tener que matar en la operación que ahora planeaban. Fue en Otero donde Pablo apuñaló al centinela, mientras Anselmo le echaba una manta por encima de la cabeza. El centinela agarró a Anselmo por un pie, envuelto en la manta como estaba, y empezó a dar gritos espantosos. Anselmo tuvo que darle de puñaladas al través de la manta, hasta que el otro soltó el pie y se cayó. Con la rodilla puesta sobre la garganta del hombre para hacerle callar, seguía dando puñaladas al bulto, mientras Pablo arrojaba la bomba por la ventana dentro de la habitación en donde dormían los hombres del puesto de guardia. En el momento de la explosión se hubiera dicho que el mundo entero estallaba en rojo y amarillo ante sus propios ojos; y otras dos bombas fueron lanzadas. Pablo tiró de las espoletas y las arrojó rápidamente por la ventana. Los que no quedaron muertos en su cama, perecieron al levantarse, por la segunda explosión de la bomba. Era la gran época de Pablo; la época en que asolaba la región como un tártaro y ningún puesto fascista estaba seguro por la noche. «Y ahora está acabado y desinflado, como un verraco castrado –pensó Anselmo–. Cuando se acaba la castración y cesan los alaridos, se arrojan las dos glándulas al suelo y el verraco, que ya no es un verraco, se va hacia ellas hozando y hocicando y se las come. No, todavía no hemos llegado a tanto –pensó Anselmo sonriendo–; quizás estemos pensando