POR QUIEN DOBLAN LAS CAMPANAS Hemingway,Por quien doblan las campanas (1) | Page 128
había pasado la vida matando. Pero nada duraba; ni la fuerza del toro ni
el valor del torero; lo veía en aquellos momentos. ¿Qué era lo que
duraba? «Yo duro –pensó–. Sí, duro; pero ¿para qué?»
—María –dijo–, ten cuidado con lo que haces. Es un fuego de cocina lo que
estás haciendo. No estás prendiendo fuego a una ciudad.
En aquel momento apareció el gitano en el umbral. Estaba cubierto de
nieve y se quedó allí con la carabina en la mano, pateando para quitarse
la nieve de los pies.
Robert Jordan se levantó y se acercó a él.
—¿Qué hay? –dijo al gitano.
—Guardias de seis horas, de dos hombres a la vez en el puente grande –
dijo el gitano–. Hay ocho hombres y un cabo en la casilla del peón
caminero. Aquí tienes tu cronómetro.
—¿Y el puesto del aserradero?
—Allí está el viejo. Puede observar el puesto y la carretera al mismo
tiempo.
—¿Y la carretera? –preguntó Robert Jordan.
—El movimiento de siempre –contestó el gitano–. Nada extraordinario.
Pasaron varios coches.
El gitano parecía helado, y su atezada cara estaba rígida por el frío y
tenía las manos rojas. Sin entrar todavía en la cueva, se quitó su
chaqueta y la sacudió. «
—Me quedé hasta que relevaron la guardia –dijo–. La relevaron a mediodía
y a las seis. Es una guardia muy larga. Me alegro de no estar en su
ejército.
—Vamos ahora a buscar al viejo –dijo Robert Jordan, poniéndose su
chaquetón de cuero.
—No seré yo –contestó el gitano–. Ahora me tocan a mí el fuego y la sopa
caliente. Le explicaré a alguno de éstos dónde está el viejo, para que te
lleve allí. ¡Eh, holgazanes! –gritó a los hombres sentados junto a la
mesa–. ¿Quién quiere servir de guía al inglés para ir hasta donde se
encuentra el viejo?
—Yo voy –dijo Fernando, levantándose–. Dime dónde está.
—Oye –dijo el gitano–. Está... –Y le explicó dónde estaba apostado el
viejo.