más profundo de San Miguel, asombrosas e intac-
tas, fueron descubiertas en 1942. Durante la guerra,
el tunelamiento comenzó tras considerarse la impor-
tancia vital de disponer de una segunda salida ante
la amenaza de un ataque aéreo. Lo que se descubrió
sería comparable a las descripciones ficticias de un
mundo subterráneo mágico. Lo que confiere a la cue-
va baja de San Miguel su extraordinaria singularidad
es el hecho de que alberga muchas de las formacio-
nes espeleológicas conocidas. Las más reseñables
se formaron por precipitaciones desde el techo de la
cueva, siendo la estalagmita una forma ascenden-
te de depósitos minerales a partir de agua que se
precipita sobre el suelo de las cuevas. La mayoría
tienen puntas redondeadas o planas. Su contrario, la
estalactita, es una formación con forma de carámba-
no que cuelga del techo de una cueva. Existen otras,
como la roca bordeada, los electitos, las columnas,
las rocas de coral, coladas o cortinas, sólo por nom-
brar algunas de estas alucinantes formaciones.
Según ascendíamos por diferentes etapas del re-
corrido, apoyándonos en las paredes resbaladizas y
pisando los salientes de roca con nuestro calzado de
suela anti resbaladiza, se evidenció la importancia
de nuestros cascos y demás equipamiento. El reco-
rrido implica, claramente, sumergirse en la experien-
cia. Recuerdo nítidamente el sentido de alcanzar un
logro y experimentar un torrente de adrenalina con
cada descenso, cada vez que agarraba una cuerda,
cada balanceo. Los diferentes niveles y maniobras
llegaban de forma inesperada y nos agarramos mu-
tuamente para seguir avanzando hacia lo desconoci-
do. Esto último, según lo analizo, define el trabajo en
equipo en una actividad de riesgo. Sentí agradeci-
miento por cada momento en el que dudé, aprecian-
do la confianza que me proporcionaron el guía y mis
compañeros de aventura.
Alcanzamos finalmente el punto culminante del
trayecto: un lago subterráneo. Nuestro guía apuntó
su linterna hacia la superficie del agua, iluminando
la grandeza de la cámara, con una estampa que se
asemejaba a una catedral con siluetas de órgano de
tubo. A continuación sobrevino un muro angulado
que rodeaba los bordes más angostos del lago, con
casi 40 yardas de largo y albergando unos 45.000 ga-
lones de agua cristalina. Fue otro logro en términos
de fuerza, determinación y confianza.
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Durante este recorrido me paré a menudo para
observar lo que me rodeaba. Estar dentro de una
cueva proporciona una sensación hermosa. Están
graduadas termostáticamente: son cálidas cuando
hace frío fuera y frescas cuando hace calor. No se
aprecia lo poderosa y atemorizante que es la sen-
sación de tener una montaña entera encima hasta
encontrarse en la oscuridad o cuando se empieza a
oír el silencio. Todos los sonidos familiares del ex-
terior se han desvanecido: el viento, el agitar de las
ramas y hojas de los árboles, el canto de los pájaros,
el sonido de los automóviles y los portazos. No hay
más que el leve golpeo de las gotas de agua, cada
una como una nota diferente y cada una amplificada
con pequeños ecos. Después de sonar una de estas
notas sobreviene un silencio largo y vacío –entre
nuestras esporádicas risas- en el que puedes oír tu
propia respiración y el latido de tu corazón. Fijas la
vista para divisar algo entre la luz más angosta, des-
cubriendo formas, patrones y hasta personajes en
las sombras. No se parece a ninguna otra experien-
cia que haya vivido.
Volvimos sobre nuestros pasos hacia la entrada,
esta vez con más confianza a la hora de saber cómo
conducirnos por la cueva y respecto a qué nos encon-
traríamos a continuación. La sabiduría del guía en
cuanto a la historia de las cuevas bastó para asom-
brarnos una y otra vez. Mantuvo elevado el ánimo del
grupo cuando sobrevenía algún temor. El recorrido
entero dura unas tres horas. Al final sentí tanto la
conquista de un logro como una fuerza interior añadi-
da. Desde el principio intuí una manifestación común
de preocupación ante lo que se nos iba a desplegar
delante, pero considero que la fortaleza del ser hu-
mano es superior a su miedo. Al abrirse la puerta de
metal y descubrir un cielo vespertino, se produjo una
algarabía general. Las estrellas brillaban con fuerza y
agradecimos el aire fresco después de nuestro largo
esfuerzo. La cueva me enseñó dos cosas: que la luz
en la oscuridad es sagrada y que existe una belleza
profunda en el silencio. Para aquellos que sientan in-
seguridad o resquemor por visitar la magia de la cue-
va baja de San Miguel les puedo decir que el tesoro
más bello se halla en los lugares más recónditos. Me
sobrevienen aquí unas palabras de Josh Campbell: “la
misma cueva a la que temes entrar resulta ser la fuen-
te de lo que estás buscando”.
OTWO 09 / APRIL 2020
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