Dicen que las palabras
Dicen que si juntas en un papel las palabras volcán, seda, labios y profundo, ya tienes a una mujer empoesiada.
Que si escribes horizontes, ventana, lluvia y tic-tac, melancolizas a un hombre.
Dicen, que brisa, alba, camino y despertar son palabras azules que gustan de arroyos y canciones.
Añaden que leer adiós, crepúsculo, caricia o llanto, nos recuerda siempre la traición del sentimiento.
Y que al ver sobre un papel escritas las palabras abrazo, niño, jardín, fruta, elevamos en un suspiro dulce la mirada.
Ahora yo escribo, conjuro, dispongo que estas palabras den al ánimo de quien las lea, como ellas mismas dicen, esperanza, sonrisa, luz y sentido.
Liviana jones
Liviana es hija de un roble centenario y de una nube, sobrina de una estación abandonada y de la tosecilla del autobús al cerrar las puertas.
Liviana sonríe siempre a las hienas y enseña gratis que a una mujer se le miran los rincones y no de cuerpo entero.
Quiere ser futurista y adivinadora. Riega con amor tiestos vacios y planta en cada beso la semilla de un bosque y una orilla.
Cuando la busco a tientas por los bares siempre encuentro una ausencia sin pagar y una servilleta maquillada. Liviana tiene detalles de emperatriz galáctica.
A veces le sigue por la calle un sequito de suspiros que no le molestan ni le agradan. Los lleva a casa y les inventa historias hasta que se convierten en viento.
Sube escaleras y las baja en un quizás, recoge la compra sin soltarme la mano, tiende la ropa ofreciéndola al sol como un adorno.
Mis amigos dicen que quiero a Liviana. Pero yo se que ellos también están enamorados.
Te llevo conmigo
Te llevo conmigo, amor, en la mirada, en las pupilas rojas congeladas en esta foto absurda y arrugada. Te llevo conmigo en las heridas que dibujaron tus uñas en mi espalda en un dulce vaivén de hembra entregada. Te llevo conmigo, amada, en un cabello que escapo de entre tus piernas y se esconde en mi boca y no se va, y yo tampoco quiero que lo haga.
Te llevo conmigo en una fugaz guirnalda de hematomas, hecha con caderazos de amor impacientados, en el aroma a tu violeta flor que abrí y que, con disimulo, huelo de mis manos bautizadas. Te llevo conmigo en la sangre, y ya me marcho, antes de que el alba haga su entrada, en la sangre que bebí de tu cuello a borbotones dejándote dormida y bella, para siempre mascara y amada.