Lentamente abrió los hinchados párpados
y con esfuerzo se sentó en la cama,
observando a aquel hombre
doblado por los años.
Dormía como un cerdo.
Era difícil adivinar la hora,
pero se levantó
y, escogiendo del armario un abrigo,
corrió hacia la salida.
Estaba muy cansada
de esquivar los objetos contundentes
lanzados desde algún rincón oculto,
de un malvivir constante
en espacios glaciales,
del sabor tan amargo de las lágrimas
y de rozar la nada
para esconder sonrisas en los sueños.
Con un pañuelo negro
anudado a la nuca,
se cubría la frente,
quizás para ocultar la cicatriz
de alguna herida
o la marca infamante
de un hierro al rojo vivo.
Ahora corre por las aceras rotas
de una ciudad que duerme
su peor pesadilla.
Intenta evadirse,
olvidar por un momento
el dolor y sus nudos,
aquel vértigo
de simas hacia el fondo
de un espacio vacío.
Pero todavía siente la mano
sobre su cuello,
apretando el sudor contra las venas.
NUDOS EN EL PAÑUELO
Juan Campoy Navarro