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Así que el amor era cosa fácil.

Se trataba de elegir bien la mórbida

redondez del hombro sobre el que poder llorar;

el calor adecuado de la excitante nuca,

las curvas con el vértigo exacto

y el candor oportuno. La oración

coordinada que resuelva todos los dilemas

cotidianos, el número de espigas

que puede cobijar una sospecha y el color.

Especialmente el color,

grado y saturación de la mirada

con que ella le comiese con los ojos,

y a él,

le quedase tatuada esa permanente

sonrisa que no admite comentarios.

EL VÉRTIGO EXACTO

María J. Marrodán