Hace calor y todo parece más bonito porque se intuye verano
y la gente pasea y se pone menos tela y ríe y parece pasárselo bien.
Hace calor y todo parece más bonito porque hace tiempo que no hacía calor y que nada parecía tan bonito.
Los niños juegan en las plazas y los padres beben vermú a la sombra y parece que se lo pasan bien aunque no hablen entre sí.
Los jardines parecen más verdes y las plantitas de los balcones parecen saludar al vecino de enfrente porque están contentas porque el sol las baña.
A través de mi ventana los tejados se broncean.
La persiana bajada – menos un palmo –, y por la rendija, el denso humo se mezcla con los rayos de sol y danzan, como en una especie de lucha por no tocarse.
hay fiestas abajo,
pero yo estoy arriba
viendo como pasa todo
formo parte de una nube que a su vez forma parte de algo más sólido que desconozco
cánticos populares se mezclan con mi humo
el calor es artificial, y parece que lo que escribo se vuelve plastilina vieja
la gente disfruta abajo porque hay fiestas y porque hace calor y se intuye verano y todo parece más bonito, y las plantas parecen haberse despertado de una siesta en la que tuvieron un sueño agradable
y yo estoy arriba
tratando de hacer cosas que no llegan
volviendo el tiempo del revés
rascándome el ombligo
acordándome de cómo caía el sol los domingos sobre Colina Street
de cómo olía el viento allí
de cómo sabían sus cafés
de cómo eran allí las seis de la mañana.
Y por un instante,
estiro del cordón del tiempo
y con cuidado, extraigo hilo tras hilo
con los que tejo una coraza que me permite no tener que pensar
que porque hace calor
y se intuye verano,
tiene que estar todo más bonito.
La violencia de la belleza radica en su capacidad de esconderse en los días feos y en los días normales y en esos a los que a todo el mundo les parecen preciosos, menos a ti.
Sólo
hay que saber
encontrarla y
aprender a tejer buenos hilos.
Domingo