Pepa Agüera
Era una niña que escribía poemas.
Tenia ocho años, nueve años, diez años
y escribía poemas.
Infantiles. Ingenuos.
Saturados de lugares comunes.
Habitados de flores y de pájaros. De extraños misticismos.
Era un tiempo
en el que aun volvían las golondrinas.
En el que las palomas
aun no eran prostitutas.
En que el albatros volaba majestuoso
y aun no había caído,
derrotado,
en la sucia cubierta de algún barco.
Luego dieron los quince
y el primer gran amor jamas correspondido,
sembró de lagrimas los ojos niños,
sembró de versos niños los cuadernos.
En los versos había besos soñados bajo el tupido almendro.
Ocasos en la playa.
Pero nadie quiso hacer conmigo
lo que la primavera hace con los cerezos.
Dieciocho, diecinueve.
La adolescencia se alejo a grandes saltos,
verso tras verso cargados en su espalda desnuda,
en dirección a la tumba donde habita el olvido.
Entonces, cualquier día, cuando estas distraída
intentando recordar un verso de Salinas
es cuando la vida te alcanza.
Y tienes que vivirla, no escribir sobre ella
Aquella niña