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Ritxi Poo

El sirimiri es el llanto

solidario,

de los días.

Es el duelo

remansado,

el lloro retenido

de la rutina.

Me gusta

su celestial condolencia,

su forma entrañable

de devolvernos al suelo,

de sofocar nuestros humos.

Nos llega su agua

con pasitos cortos,

persistentes,

como añorando pasados

ensoñados

o anticipando brumosos

futuros

o ensombreciendo presentes…

¿Oyes?

Escucha su sordo

repicar alado

sobre la madera añeja

de nuestro desánimo.

Viene a decirnos

que todos

- tú y yo…

nosotros… -

somos lo mismo:

somos nada, somos

agua,

agua trivial

y pasajera,

agua

nacida del cielo

para morir en la tierra.

Porque - creo yo -

no puede ser malo

que llueva esta dulce

mansedumbre,

que llueva esta lluvia

sencilla.

Su humildad rehumedece

el pretencioso barro

de los hombres.

Y su agua está ciega,

no distingue

entre ricos y pobres,

no entiende de religiones.

Va a lo suyo. Qué terca.

Moja que te moja…

Le moja a una puta.

Le moja a una monja…

No admite protestas.

Y qué importa…

Que nos empape su agua

desnuda,

que nos amanse su lluvia.

Porque, el sirimiri

detesta la prisa,

los paraguas,

le espanta esa urgencia

de la avaricia.

Sabe que

la intolerancia hipócrita

salpica, en su nombre,

su rencor, sin vergüenza.

Y es innegable,

atiende,

mira al cielo:

Siente la grácil

mantilla tan dulce

de su abrazo.

Su caricia es la leve

serenidad de lo efímero.

Pero, mira,

siente, ahora,

siente este agua

apaciguada,

siente cómo

crepita su calma

sobre el escarceo inquieto

de nuestra vida turbia.

Aunque

- no lo olvidemos –

ya sabemos que luego

nos baña de ausencias,

enseguida, nos cala

su espesa neblina

de oscuras tristezas.

Y al final,

- pasa siempre -

nos deja sin fuerzas,

desvalido el alma,

encharcados los pulmones

de nuestra sucia y ajada

confianza.

Pero…

… silencio…

Dejemos que llueva,

que no pare nunca,

que llueva su lluvia

sencilla,

y démosle gracias,

a este agua,

a esta lluvia

que apacigua este ansia

de nuestra absurda y tan fatua

insignificancia.

Oda al sirimiri