Mujeres de Tarapacá y Saberes Ancestrales Edición única - Page 6

WILMA MAMANI CHOQUE, PROFESORA DEL JARDÍN CABALLITO DE MAR “ANTES HABÍA TEMOR DE HABLAR AYMARA; CREO QUE ESO YA PASÓ” W ilma Mamani Choque está orgullosa de sus ancestros y se le nota. Se emociona al hablar de su familia y también de su nueva familia: los pequeños estudiantes del Jardín Infantil Caballito de Mar, de Iquique. En ese lugar enseña la lengua originaria, gracias a que forma parte del grupo de “Educadores de lengua y cultura indígena”, de la CONADI junto a la JUNJI. “Hasta los cinco años viví en Colchane”, dice, junto a su familia. “En ese período aprendí la lengua, gracias a mi madre que es hablante aymara. Gracias a ella mantuve mi lengua y ahora estoy entregando mis conocimientos en el jardín. Es un jardín heterogéneo, donde enseñamos a niños desde los dos hasta los cuatro años. Es un jardín pequeñito, pero es muy hermoso porque hay niños de muchas nacionalida- des, es multicultural”. “Trabajar con niños tan pequeñitos es realmente reconfortante, porque es como estar en mi casa, conversando con mi familia. Y es realmente genial, porque son los mejores hablantes que tenemos, porque son como una esponjita, absorben todo. Es sin duda la mejor edad para entregar estos conocimientos, porque los niños aprenden de inmediato”. Los niños aprenden la lengua, dice, pero cuando ingresan a los colegios de enseñanza básica dejan de aprender. “Es muy difícil seguir aprendiendo, porque son pocos los colegios que incorporan el idioma en el currículo. Si estos niños se van a un colegio que no tiene la enseñanza, hasta ahí llegan. En ese momento depende de sus familias si siguen aprendiendo o no, aunque siempre se van a acordar de lo que aprendieron. Por eso es que a nosotras como profesoras, como educadoras, nos gustaría que estos niños llegaran a un colegio que tenga la enseñanza, porque ellos son excelentes hablantes”. “Nosotros tenemos una La dimensión cósmica de la ética: El cosmos es un sistema de relaciones múltiples. Una perturbación de estas relaciones tiene consecuencias cósmicas. Las secuelas de los actos humanos afectan la salud y la vida de toda la comunidad y de todo el universo, inclusive la vida de la chacra y el clima. 6 MUJERES Y SABERES PROFESORES DE MÚLTIPLES SABERES Y qué pasa con el resto de los saberes ancestrales, le preguntamos. “Nosotros los estamos haciendo revivir en el jardín. Nuestra actividad contempla dar a conocer los beneficios de las yerbas medicinales, para que los niños las co- nozcan, tomen el aroma y sepan para qué se usan. Les enseñamos de dónde vienen y cómo se hace. También trabajamos los tejidos y los telares con ellos. La idea es abarcar el conocimiento de nuestra cultura. Incluso trabajamos con barro, hacemos adobes como se hacía en forma tradicional, para que los niños aprendan y ese conocimiento no se pierda. Para que ellos sepan cómo están hechas la casas, por ejemplo”. academia que integramos varias personas de distintas localidades que hablamos la lengua y nos juntamos para enseñar a los niños de los jardines infantiles. Fuimos apoyados por la Corporación Nacional de Desarrollo Indígena, CONADI, desde el comienzo; ellos nos habilitaron para hacer clases”. -En lo personal, ¿qué significa para Usted este trabajo? - Para mí es un orgullo poder hacerlo; me emociono cada vez que pienso en lo que estoy haciendo, porque yo tenía a mi madre que hablaba. Y gracias a ella he podido hacerlo. Sentimos que todos somos iguales, porque antes había temor de hablar la lengua en cualquier lado y ahora no. -Antes había una cierta vergüenza… -Claro. Yo me acuerdo que cuando era chiquita estudié en Pozo Almonte y todos me hacían bullyng con mi nombre o con el hecho de ser aymara. Y sufría mucho por esa razón. Incluso no quise estudiar más por eso. Llegué hasta octavo básico, porque no hablaba bien el castellano, pero el aymara lo hablaba excelente. Ese rechazo me impidió seguir estudiando, porque al final uno se frustraba con las burlas de los compañeros. -Y ¿qué pasaba en la casa, la apoyaban? -Mi papá no. Mi papá me decía que no hablara aymara. Nos prohibía, porque él sabía que sufríamos en el colegio y porque se valoraba a los que hablaban español. No podíamos ser profesionales, según él, si hablábamos aymara. Pero mi madre, como no hablaba castellano, insistía en que habláramos aymara, así que al final aproveché de aprender bien con ella. -¿Cómo se siente ahora, que sí habla e incluso enseña aymara? -Es un verdadero orgullo para mí. No me arrepiento de haber aprendido. Cuando veo a los niños hablando me emociono, porque siento que ahí está el futuro. Sé que esto no se va a perder, gracias a que estamos enseñando lo que aprendimos de nuestras familias.