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Cristo. Desde su aparición hasta el momento del nacimiento de Cristo
el judío internacional nunca desplegó ninguna actividad fuera del Asia,
de Egipto o del cercano oriente, pero ahora sí le sucedió algo
verdaderamente providencial: la llegada de la lengua y la cultura griega
como caída del cielo. La clase alta del judío internacional del futuro
asimiló la cultura y la lengua griega. Con toda la razón el arameo y el
hebreo quedaron relegados por vulgares, para la plebe y los
supersticiosos respectivamente. La clase alta hablaba griego en
Anatolia, en Mesopotamia y en Jerusalén. ¡Esa fue la época feliz en
que el judío internacional dio rienda suelta a su alma de deshonesto e
hizo vida a comodidad! Ejemplo típico fue el de Herodes el Grande.
Un judío congénito, posee todos los vicios, tiene en cualquier idioma
que hable un lenguaje escandaloso, soez, grosero, vulgar y lleno de
mendicidades, hace toda clase de usura y de fraude, son expertos en
hurto y homicidio, y en una palabra no hay género de maldad a la que
no se entreguen.
Otro que tuvo que manejar el “problema judío” por lo menos 10 años
fue Poncio Pilatos, en el año 26 al año 36 después de Cristo, él cual
fue un orgullo en Roma. Era desconfiado y ecuánime. También un
hombre justo y recto que sabía que Jesús era inocente y trató de
defenderlo por todos los medios. De acuerdo con lo que se cuenta no
tuvo un solo día de tranquilidad cuando estuvo rodeado de judíos.
En sus comienzos el cristianismo estuvo en manos de judíos, pero a
medida que su filosofía fue calando entre los gentiles, aseguró su éxito
en el imperio romano. Definitivamente una religión que predicaba el
amor, el perdón y la generosidad, no podía venir de las manos de un
judío que es el egoísta más grande que hay sobre la tierra. Hitler por lo
tanto creía en Dios y lo llamaba el creador, el todopoderoso, o la divina
providencia, y también era un gran admirador de San Gregorio y lo
consideraba el primer verdadero pilar que tuvo la iglesia católica, decía
que el canto gregoriano hacía sentir las catedrales góticas todavía más
grandes y sublimes. Pero no podía aceptar que el cristianismo tratara
de defender a los judíos que él consideraba los traidores y criminales
más grandes que habían asesinado a tantos países y ciudades
absorbiéndoles lo vital de sus valores, de su estabilidad y de sus
recursos.
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