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Andrea de Cano
entre las parejas son cosa del pasado, de “puritanos”. Está de moda
ser hijo de padres separados y después ser un adúltero. La virginidad
es para tontas que sueñan con perder su castidad por amor. Los
adolescentes se sienten intimidados si no tienen su primera
experiencia sexual con una prostituta y que sus “amigos” le estén
haciendo barra. Los sexos se trastocan, la mujer cae en los vicios de la
perversión de una masculinidad desaforada, volviéndose promiscua,
mientras que el hombre que vive en el desenfreno t ermina también
afeminándose sexualmente, volviéndose poli orgásmico, acabando
muchas veces en perversiones homosexuales en su búsqueda de
nuevos placeres y experiencias novedosas. Ser una “dama” es mal
visto y pasa a ser nada “cool”. La mujer sensual y atractiva es
confundida con la excitante y la erótica.
Ha sido la naturaleza la que puso al hombre al frente de la familia en
una repartición justa, desde hace miles de años, cuando el ancestro
debía salir cargando su arco y flecha en busca del sustento, mientras
su mujer le veía partir temerosa de no verle volver, mientras sostiene
un niño en sus brazos. La naturaleza es sabia y no falla; en cada
especie ha sido uno de los sexos encargado de los roles distintivos, y
en el nuestro, es el hombre el que debe tener la responsabilidad de
encargarse de su familia, procurando la protección de ella. Un hombre
es feliz sí su familia también lo es. Una mujer es feliz si el hombre ha
sabido hacerla a ella y a su familia feliz. La base de la felicidad de
ambos está en la convivencia familiar, en la compensación mutua,
brindando a la mujer el ánimo y las fuerzas ante los problemas y los
reveses del destino, no frente ni detrás de él, sino a su lado. Ambos
constituyen juntos una sola unidad, unidad en la cual vive y se nutre el
pueblo, es decir, la comunidad nacional.
El establecimiento de estas condiciones naturales no implica relegar a
la mujer a un segundo plano o al menosprecio. Puede que el
nacionalsocialismo sea incluso paternalista en su propósito de dar
protección y apoyo a la mujer, pero jamás sería como la campaña
judía lo ha tratado de exponer, como fanáticos machistas que ven a
sus esposas como esclavas o sirvientas gratuitas. Eso es una malsana
injuria, proveniente justamente de los peores machistas de la historia,
es decir, los propios judíos, que ven a sus mujeres como simples
aparatos de reproducción e incubación. Para el nacionalsocialismo el
hogar ha sido sacralizado, complaciendo a la mujer en su condición y
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