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reconocimiento de las pretensiones sociales de la raza, de higiene racial y su práctica aplicación está calculado al límite, aun en la guerra. Esta, aun teniendo éxito, biológicamente significa una irreparable pérdida de las mejores tendencias hereditarias. Desde que los nacional socialistas piensan francamente dentro de unos criterios biológicos, no quieren otra cosa que la paz. La idea nacional socialistas del estado es la más pacifica concebible, su labor es la conservación de la pura continuidad racial de su pueblo. Ningún espíritu claro podría acusarnos de desear la guerra. Porque sabemos muy bien que se ha hecho un daño irreparable, y de lo pesado que ha sido el impuesto pagado en el campo de los valores hereditarios a través de siglos de regresión, tasa de nacimientos decreciente y finalmente a través de la terrible mortandad de la flor de nuestros hombres en la guerra. Se necesita paz y tranquilidad para la regeneración política y económica de nuestro pueblo, más allá del sufrimiento, lo necesitamos doblemente para efectuar la reconstrucción y vitales aspiraciones raciales de la política de población dirigida hacia las líneas biológicas, puesto que nada podría ser más desastroso que la guerra, con su destrucción cruel de la mejor y consecuentemente preferencial selección indirecta de los menos valerosos. Cualquier guerra es una pérdida biológica. El verdadero hombre de estado está al tanto de ello y nunca tomará la espada sin necesidad. Aquí se manifiesta que el principio nacional-racial, contrariamente a los maliciosos ánimos atribuidos a ellos, es en sí mismo la más segura garantía para una política fundamentalmente pacifica. Más abierto a la mal interpretación es el punto de vista nacional socialista en cuanto a las relaciones entre las varias razas del mundo. Se ha cuestionado si los fundamentales principios raciales de la teoría del nuevo mundo no deben engendrar condescendencia y desdén hacia la gente de raza diferente. Todo lo contrario, estos principios ofrecen la mejor garantía para la mutua tolerancia y para la pacifica cooperación de todos. Se acepta el hecho que los de otras razas son diferentes a nosotros. Esta verdad científica es la base, la justificación y, al mismo tiempo, la obligación de cada política racial sin la cual no es posible una restauración de un estado sano. Para nosotros no es posible decir si otras razas son mejores o peores. Para ellos tendríamos que trascender nuestras propias limitaciones raciales durante la duración 186