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cuerpo de diamante. En el diamante hallamos pues un elemento de alta pureza cuyo principio es la elevada intensidad o pureza de la fuerza que determina y estructura su materia según un canon perfecto. La fuerza pura es un “elemento” que es determinante en todo proceso. Como tal, tiene su génesis en un campo extra dimensional el cual actúa como generador o catalizador del principio vital y estructurador. Hallase en este punto extra dimensional el origen y la causa de toda manifestación sobre el plano físico conocido como material o perteneciente a las dimensiones espacio-tiempo. Toda manifestación tiene origen en una materia primera, la cual se nutre o se genera en un principio por la proyección sobre el plasma pre-terrestre de este elemento que nosotros identificamos como “Fuerza Pura”, es decir, no caótica, condicionada ni sometida al elemento caos. Toda “evolución” posterior de la materia primera sobre el plano terrestre no es sino manifestación de su proceso de sucesivas descomposiciones y degeneraciones. La materia primera es la materia virgen aún no corrompida por los agentes del mundo. Es la mítica edad dorada en el que el elemento muerte es “desconocido”, es decir, no tiene acción, no actúa. Por su naturaleza incorruptible, esta realidad no mortal no tiene manifestación en el plano espacio-temporal, ya que el espacio-tiempo es el desarrollo sucesivo de un proceso o de una “historia interminable” de corrupción y descomposición. La reposición de este proceso de muerte y descomposición sucede de un esfuerzo o actuació n del elemento fuerza sobre la materia bajo el signo de la esvástica sinestrógira (contraria al tiempo). A medida que la vibración de la fuerza va perdiendo intensidad sobre la materia del mundo, el mundo va degenerando cada vez dando lugar en el tiempo a una realidad cada vez más amorfa y desestructurada. El mundo “democrático” moderno así como sus respectivas manifestaciones especialmente representadas por su “arte” es un reflejo de este estado de caos y pérdida de fuerza, vibración y esencia vital. En definitiva, el tiempo del mundo no es sino el desarrollo sucesivo de un interminable proceso de descomposición y corrupción. El largo proceso de de decadencia y fagocitación de la mítica edad dorada por el mundo, es, finalmente, lo que nosotros conocemos como tiempo y la consiguiente “historia” del mundo. 176