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otros gracias a los servicios de inteligencia colombianos y
norteamericanos. Pero no por eso la organización nacional, la Acción
Nacional Militar Católica, la Legión Cóndor y la Legión Colombiana que
así se llamaron las agrupaciones conspiradoras-dejaron de estremecer
la ya de por sí agitada vida política nacional. Eran tiempos de guerra y
las exigencias de los Estados Unidos con respecto a la América del
Sur se condensaba en una consigna inapelable: la defensa a ultranza
del hemisferio occidental. En gracia de esta circunstancia, agentes
secretos del FBI actuaron libremente en el territorio nacional, y tanto la
embajada norteamer icana como el Departamento de Estado que veían
a Colombia como un hervidero de actividades nazis, debido a su
proximidad con el canal de Panamá y al interés que debía tener Hitler
de controlar tan estratégica zona, intervinieron en los asuntos internos
de Colombia sin miramientos ni rubores.
La idea de que la oleada Laureanista del partido conservador
permeada por las doctrinas totalitarias del eje amenazaba golpear la
democracia colombiana, era objeto de preocupación para los liberales,
y los seguidores del partido liberal estaban convencidos de que se
realizaría un intento conservador nazi de llegar al poder a través de un
golpe de Estado o revolución. A pesar de los diferentes fracasos de
este golpe los ánimos no mermaron, y la conjura revivió y con nombre
nuevo: se llamaría Legión Colombiana. Sus fundamentos eran la
religión católica, el antisemitismo, el nacionalismo, la lucha contra la
corrupción política de los partidos y el resurgimiento militar de la Gran
Colombia. El propósito: la instalación de un gobierno provisional
totalitario.
De los trances de los legionarios por tumbar al gobierno dio cuenta un
informe del FBI. El día acordado era el 31 de diciembre en la mañana
del primero de enero, bien temprano, cuando todo el mundo aún
durmiera. El primer brote estallaría en Barranquilla, con un corte
general de la energía; luego, el ejército se tomaría el cuartel de la
policía-de mayoría liberal-y se dedicaría a convencer a sus miembros
de los beneficios del derrocamiento. Los revoltosos tenían órdenes de
respetar la vida y las propiedades de los extranjeros, pero no la de los
judíos. Sin embargo, cuando las cosas parecían salir bien, llegó a
Barranquilla el sacerdote jesuita Ángel Ramírez, delegado de la Legión
de Bogotá, con la novedad de que había que aplazar el movimiento
para el 6 de enero de 1944, ya que algún infidente había avisado al
gobierno de sus planes y de sus propósitos.
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