El éxito de cualquier creación suele manifestarse, con cierta frecuencia, en las imitaciones, rasgos o
adaptaciones que el modelo original genera, lo cual supone tácitamente una suerte de reconocimiento
general. Este es el caso de la influencia del Quijote. Salvando el conocido episodio de la continuación
apócrifa de Avellaneda, la presencia del modelo cervantino se constata en algunos narradores del Siglo de
Oro de forma inmediata, aunque en una gran mayoría de las ocasiones el hidalgo manchego aparece
despojado de toda la grandeza que le ha hecho inmortal referente literario para centrarse en aspectos
superficiales y paródicos, cuando no irrisorios y deformes.
Sea como fuere, la conciencia de éxito y fama es un hecho que puede rastrearse desde las
mismas páginas de la obra de Cervantes. En este sentido, resultan signi4icativas las palabras de uno
de los personajes –Sansón Carrasco- en la segunda parte de la obra que llega a a4irmar: "los niños la
manosean, los mozos la leen, los hombres la entienden y los viejos la celebran; y, 4inalmente, es tan
trillada y tan leída y tan sabida de todo género de gentes, que apenas han visto algún rocín 4laco,
cuando dicen:"Allí va Rocinante". Y los que más se han dado a su lectura son los pajes: no hay
antecámara de señor donde no se halle un Don Quijote: unos le toman si otros le dejan; éstos le
embisten y aquéllos le piden”(1). Independientemente de esta lectura, hay datos constatables que
hablan bien a las claras de la inmediata notoriedad que ganó el texto de Cervantes desde su misma
publicación: numerosas traducciones e impresiones entre 1605 y 1611, y casi diez ediciones. Este
signi4icativo hecho aparece re4lejado en la misma obra en más de una ocasión; Sansón Carrasco
a4irma: "hoy día están impresos más de doce mil libros de la tal historia; si no, dígalo Portugal,
Barcelona y Valencia, donde se han impreso; y aun hay fama que se está imprimiendo en Amberes, y a
mí se me trasluce que no ha de haber nación ni lengua donde no se traduzga" Ibid., pp. 59-60. El
mismo don Quijote en la conversación que mantiene con el caballero del Verde Gabán mani4iesta:
"por mis valerosas, muchas y cristianas hazañas he merecido andar ya en estampa en casi todas o las
más naciones del mundo. Treinta mil volúmenes se han impreso de mi historia y lleva camino de
imprimirse treinta mil veces de millares, si el cielo no lo remedia" Ibid., p. 151.
También la escena contempla y aplaude la presencia de don Quijote: Un total de 289 obras
dramáticas, nacionales y extranjeras, de los siglos XVII al XX, ha recogido Felipe Pérez Capo en su
estudio bibliográ4ico (El Quijote en el teatro, Barcelona, ed. Milla, 1947). Al hilo de lo dicho, parece
evidente que en la misma obra de Cervantes se percibe cierto carácter dramático o escénico en la
narración, aunque sólo en determinados episodios, quizá los que, como veremos, han tenido más
fortuna en los adaptadores teatrales posteriores. En cualquier caso, la narración original ni por
extensión ni por lo diverso de su contenido es esceni4icable. Fragmentos sueltos sí resultan, en
cambio, materia apta para la puesta en escena, aunque, claro está, el aprovechamiento dramático de
los mismos y lo oportuno de su presencia en la estructura global de la adaptación dramática es algo,
en muchas ocasiones, discutible.
Una posible justi4icación al carácter burlesco de determinadas continuaciones puede
encontrarse en las raíces mismas de la gestación de la obra cervantina que en palabras de Huerta (2)
supone que: “El proceso de formación del Quijote está estrechamente vinculado al auge de lo
burlesco en los últimos años del siglo XVI y primeros del XVII, tal como han puesto de mani4iesto los
estudios de Manuel Sito Alba (3) y sobre todo, los de Agustín Redondo (4)”. Por su parte Navarro
González , en su estudio El Quijote español del siglo XVII, Madrid, Rialp, 1964, dedica dos capítulos a la
repercusión del héroe en la España del XVII. En ellos recoge exhaustivamente las referencias
populares y literarias que se dieron entre los contemporáneos de Cervantes, para resumir: "Es
evidente que don Quijote des4ila entre la chacota general en mascaradas y festejos populares, y que
junto con Sancho y Dulcinea aparece traído y llevado como personaje pícaro y entremesil,
despertanto risas. Sin embargo, [...]también Cervantes logra que su ingenioso hidalgo despierte en el
siglo XVII español diversas actitudes doblemente condicionadas por las cualidades del loco andante y
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