Mi primera revista Laguna, Revista urbana – N° 2–Año 4 | Page 39
paraje denominado Naranjito, en proximidades del paso de ese nombre sobre el río Santa
Lucía, por donde actualmente la Ruta 118 atraviesa el curso de agua, a pocos kilómetros de la
actual localidad de Tatacuá. El combate, porque así cabe llamar a ese enfrentamiento por los
efectivos involucrados, que en función de haberse allí batido por un lado los correntinos que
respondían a las autoridades nacionales, y por el otro los que habían optado por enrolarse
bajo las banderas del dictador paraguayo Francisco Solano López, denomina “patriotas” a los
unos, y “paraguayistas” a los otros.
Efectivamente, en aquel año febril, invadida parcialmente Corrientes por un ejército de
ocupación paraguayo, no más de dos mil correntinos decidieron encolumnarse en pos del
invasor.
Mauriño los caracteriza afirmando que se trataba de antiguos federales que soñaban con una
revancha por la gran derrota sufrida en Pavón, también logreros que esperaban beneficiarse
de su relación con los ocupantes, y además, forajidos que buscaban superar de ese modo sus
situaciones marginales, también identifica nítidamente que los correntinos que empuñan
armas en pos de los paraguayos componen, sobre todo, fuerzas de caballería con bandera
propia, uniformados parcialmente con quepis y casacas, y armados con lanzas, tercerolas
(carabinas de caño corto) y fusiles de chispa. Subordinados a los mandos paraguayos, fueron
empleados para colaborar en los gigantescos arreos de ganado con que el invasor buscó
abastecer, tanto a sus tropas como asegurar el consumo interno del Paraguay. Acotamos que,
según Diego Mantilla, cada vez que un invasor saqueó los rebaños de Corrientes, suceso que se
dio en reiteradas ocasiones, sólo pudo hacerlo parcialmente, en los espacios abiertos, por las
características agrestes del terreno. Era lógico entonces que los ocupantes recurrieran a los
paraguayistas correntinos a modo de baqueanos, siendo evidente que, como puntualiza el
autor que seguimos, no les reservaban papel alguno que no fuera decididamente secundario…
Las fuerzas nacionales que actuaban en la provincia de Corrientes sumaban unos dos mil
quinientos hombres bajo el mando de Manuel Hornos, un rudo veterano de un sinnúmero de
campañas que gozaba de gran predicamento con Bartolomé Mitre. Bajo sus órdenes luchaban
los coroneles Félix Romero, otro itateño, Manuel Vallejos (“El Pájaro”), y el caacatieño Aniceto
Monzón.
Hornos subordinó un millar de hombres al mando de Romero para atacar a los
aparaguayados, que en esos momentos vivaqueaban en el paraje Naranjito.
La noche del 20 de septiembre, Romero acampó a unos dos kilómetros del enemigo en un
denso palmar, en silencio y aún sin prender fuegos para lograr la sorpresa. Antes de
amanecer el día 21, tomó el típico dispositivo de ataque tan usual en nuestra parte de América,
que Sarmiento describe magistralmente en su “Argirópolis”: el centro con la infantería (unos
300 fusileros) protegiendo los cañones (dos piezas de a 8, llamadas así porque disparaban
balas redondas de hierro que pesaban 8 libras) y la caballería a los flancos (unos 700 jinetes).
A la izquierda bajo el mando de Vallejos y Monzón a la derecha. La infantería, dos compañías
de bellavistenses y una de goyanos, la comandaba el mayor Olegario Alemí (santaluceño) y la
caballería agrupaba jinetes de Corrientes, Itatí, San Roque, Empedrado, Mercedes, Caá Catí y
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