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Conceptos fundamentales del psicoanálisis. Coord: Lucas Boxaca y Luciano Lutereau
La degradación femenina
Escribe
Luciano Lutereau
llutereau@googlemail.com
1.
Siempre toma tiempo hablar de la familia ante alguien.
El motivo es que hablar erotiza el vínculo de mane-
ra inmediata. Y este erotismo es incestuoso. Por eso a
ella la deserotiza corroborar que él use medias de hilo... como
su papá. No es que él use medias como las de su papá. Es que
a ella se le ocurra la idea. Y prefiere callar.
Esta deserotización es señal de la represión del erotismo,
también inmediata. La represión es necesaria porque con él se-
ría posible el incesto. Por eso ella prefiere quedar dividida en-
tre lo sexual y lo tierno. Con este síntoma, divide el erotismo:
nunca va a acostarse con papá, nunca la ternura implicará es-
tar en posición pasiva con un hombre. La deserotización repri-
me la fantasía de seducción y así es que puede enamorarse de
hombres que no desea y, por lo tanto, admira (las mujeres ad-
miran a los hombres para no desearlos); tanto como soportar
el deseo de hombres que degrada. Sólo puede acostarse con
uno en la medida en que piensa en el otro.
2.
Él le dice que no, y ella entiende que la rechaza. Como
respuesta a esta decepción ella se enoja y adopta la ac-
titud orgullosa de hacerle sentir su falta. Se hace bus-
car, le expone que su amor es dispensable y puede ser de otros,
le muestra que puede perderla.
Sin embargo, él no la rechazó, sí le dijo que no. Le pide per-
dón, como en la canción de Andrés Calamaro: “Yo no quise
lastimarte, solamente te dije que no”. Pero ella entiende que
él la rechaza, y así justifica su pequeño resentimiento. Obtie-
ne el goce del despecho, y luego se arrepiente, se siente sola y
va a buscarlo. Porque su enojo no la separa, sino que la une a
él, más que el amor.
“Como odian los amantes”, dice la canción de Joaquín Sabi-
na. Pero él no la rechazó, solo le dijo que no. Y ella no puede
escucharlo a él solo, sino que escucha su rechazo. Él le habla
con el corazón, incluso cuando le dice que no. Pero ella escu-
cha su propia fantasía (me rechaza) y responde con su sínto-
ma (la venganza). Así durante años de análisis.
Poder escuchar, alguna vez, esa negativa de un modo dife-
rente, que no sea una privación, puede ser un buen final. Y el
inicio de otro amor.
3.
Recibo a un hombre que, después de una separación,
sale con diversas mujeres. Le sorprende su capacidad
de seducción. Sale con: la “locutora”, la “vegana”, la
“que juega al fútbol”, etc. Conoció a su última conquista en un
velorio. Y está angustiado e insatisfecho. Le digo que es com-
prensible, ya que para acostarse con una mujer no hay más que
representar un papel. No es poco, pero tampoco eso lo hace un
hombre. Se ríe y habla de las veces que se le declararon alum-
nas que, concluida la cursada, después ni lo saludaron en los
pasillos. Le digo que para acostarse con una mujer no hay más
que destituirse como hombre y actuar una fantasía: la del do-
cente y la alumna, la del gracioso en un velorio, etc. No hay
más que poner el cuerpo, pero tampoco es gran cosa. A los va-
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rones no les cuesta poner el cuerpo para la fantasía de las mu-
jeres. Por eso el Don Juan es un fantasma femenino.
Esta referencia al cuerpo le hace recordar que el otro día vio
a su ex-mujer y ni bien se dieron la mano “estaba para romper
paredes”. Le digo que no es lo mismo acostarse con mujeres que
sentir deseo por una. Es algo que todavía le molesta: puede es-
tar con muchas, pero si tiene que masturbarse piensa en ella.
Le digo que no es lo mismo actuar un personaje en la fantasía
de una mujer, que meter una mujer en su fantasía. “Ahí ellas
no entran”, dice. “Las dejás del otro lado de la pared”, le digo.
Me dice que está cansado de acostarse con mujeres. “Debe
ser de las cosas más aburridas...”, digo y él completa el chiste:
“...como hacer trámites en la AFIP”. Entonces yo recuerdo algo
que dijo hace un tiempo y le pregunto: “¿Arreglaste lo del mo-
notributo?”. “Sí, fue un dolor de huevos, no sé en qué estaba
pensando cuando dejé la relación de dependencia para hacer-
me el autónomo”, me dice.
4.
Una mujer me cuenta que salió con un hombre que
la cautivó. Destaca un detalle de su atractivo. Ningu-
na demostración grandilocuente de su potencia, sino
una secuencia: al pasar junto a un espejo, él mira hacia ade-
lante y ella puede ver que tiene un perfil precioso. “La indife-
rencia ante su imagen”, me dice. “Quizá estaba más interesa-
do en verte a vos”, le digo. “¿No era que ya no hay hombres?”,
me pregunta riendo. Cada tanto aparece alguno, debe ser un
malentendido. Por suerte.
5.
Llego a la Facultad de Filosofía y Letras. Voy a dar cla-
ses de Estética. En la escalera, delante de mí, noto una
presencia. No presto atención hasta que la persona
trastabilla. Es una mujer, en una mano tiene el celular. Lo mira
mientras, con la otra mano, ataja el borde inferior de su vesti-
do contra sus piernas. Ella se defiende de una mirada, que no
es la mía porque yo soy otro zombie que sube la escalera con
el teléfono en la mano. Si ella no se hubiera tropezado, no nos
habríamos visto ni saludado. Yo dije: “Epa, qué palo te pudiste
pegar”. En simultáneo pensé (es mi síntoma) que tendría que
haberle preguntado si estaba bien. Si el erotismo dependiera
de nosotros, la especie humana se habría extinguido. El ero-
tismo empieza donde una mirada precede a los que se ven. Y
después viene el síntoma o la estética.