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Colaboración
Muy despacito… la libertad: Jacques Lacan
Escribe
Jean Allouch
jean.allouch@wanadoo.fr
H
ay aquí y allí en Jacques Lacan, a veces dispersos, enun-
ciados que tratan sobre una problemática de la que todo
indica que ha sido apenas retenida. Él mismo, por otra
parte, la tuvo en cuenta sólo muy discretamente. Por eso, tales
problemáticas ¿serían menos decisivas que aquellas de las que
él subrayó –incluso martilló– su importancia? Suponerlo sería
intempestivo. Sofista 1 , Lacan estaba atento a lo que sus oyen-
tes o lectores eran susceptibles de acoger y ajustaba en parte
su discurso sobre esta capacidad o mejor, incapacidad de aco-
gida. Un solo ejemplo: él tiene en cuenta las resistencias (¡su-
puestas!) de sus oyentes al pronunciar en Viena su conferen-
cia sobre “La cosa freudiana”.
Así su discurso era a la vez exotérico y esotérico. “Al buen
entendedor, hola”. En él esta fórmula valía –en cierto modo–
de firma.
El hecho de que Lacan haya abierto su Escuela a mucha gen-
te que la IPA no hubiera admitido, no le impedía de ninguna
manera dirigir algunas de sus declaraciones a una elite. En sus
primeros seminarios contó con la presencia de Jean Hyppolite,
de Paul Ricoeur, de Louis Beernaert, de Conrad Stein, y algunos
otros mejor informados que él de ciertas secciones del saber.
Esto fue confirmado más tarde cuando, acogido por la Es-
cuela Normal Superior, se regocija por el interés que daban a
su seminario, aquellos a los que ofreció públicamente el título
nobiliario de “pequeños príncipes de la universidad”.
Verificaremos a continuación que el gran asunto de la liber-
tad se presenta en Lacan como una de esas problemáticas 2 cru-
ciales y que exigen ser tratadas con discreción.
Freud también discreto. ¡Qué! ¡La libertad! Que se sepa, los
psicoanalistas son bastante parcos al respecto. ¿Su oficio sobre
todo no es el de valorizar hasta qué punto y de qué manera,
inimaginable para ellos, el sujeto sufre miles de necesidades?
¿Su ejercicio no es poner al desnudo esas necesidades? Ellos
están en relación con la ananké, no con la libertad. (Ananké:
en la mitología y el teatro griegos, fatalidad, hado, destino).
Freud va más lejos aun diciendo que no es tanto sobre una
libertad al fin conquistada que desemboca el análisis, sino más
bien en la aceptación de la dura realidad que la vida impone
a todos y cada uno, lo que lleva a renunciar a gran parte de
las satisfacciones pulsionales. En consecuencia no se sale de la
neurosis más que accediendo a una miseria común (allgemei-
nesungluck 3 ). Después de la hecatombe de la Primera Guerra
Mundial, él afirmará que “la renuncia pulsional no tiene más
un efecto plenamente liberador” 4 . ¿Una declaración de sabio?
Tal vez. ¿Divertido? ¿Feliz? ¿Ligero?...
No parece.
No obstante, en lo que concierne a la libertad, Freud tuvo pa-
ralelamente otro discurso que, sin mucho ruido allí también, da
a entender que, en la locura, la libertad se levanta.
¿Acaso no se trata de esto, cuando él tiene en cuenta una
“elección de la neurosis”, cuando contempla al homosexual
como a alguien que desistió (Auswich, ausweichen) con respec-
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to a la heterosexualidad, cuando declara 5 que toda existencia
humana es gobernada por daimon y tuché, cuando dice ofre-
cer al paciente la transferencia como un “terreno de juego so-
bre el cual le es permitido desplegarse en casi completa liber-
tad” 6 , cuando menciona 7 a los que, a la búsqueda de su felici-
dad, se lanzan a “la tentativa desesperada de un levantamien-
to (rebelión) por la psicosis” (subrayo: den verzweifelten Aufle-
hnungsversuch der Psychose)?
No nos desviaremos de Freud admitiendo que, si bien, de-
terminaciones inconscientes parasitan al sujeto y se presentan
ante él mediante diversas vías (síntomas, inhibiciones, pesadi-
llas, actos fallidos, angustias, repeticiones traumatizantes, etc.),
no por eso apartamos o no tomamos en consideración la pre-
sencia, la incidencia y la insistencia en el sujeto de actos que
dependen de su libertad.
No se analizará del mismo modo ateniéndose resueltamen-
te, si no obstinadamente, sólo a la necesidad o, todo lo contra-
rio, apoyándose, por lo menos como una manera de “a priori
útil” 8 , en que el sujeto, hasta en lo que menos le conviene y de
lo que más se queja, ejerce su libertad.
¿Quién no entrevió nunca la carga pesada puesta sobre los
hombros del analizante por un psicoanalista que no cesa de re-
buscar, y de señalar tal, y luego tal, y después todavía tal otra
necesidad que obran en él? Aquí sí puede ser llamado “pacien-
te”, puesto que padece eso pacientemente.
Lacan prudente. Podríamos contemplar que la discreción ma-
nifestada por Lacan con respecto a la libertad fue al servicio de
una tesis totalmente a medias, equilibrada, sin nada de excesi-
vo. Sin embargo: esta discreción sostiene una tesis sobre la li-
bertad que sorprende por su radicalidad. Le era necesaria tam-
bién esta discreción, porque al evocar la libertad los espíritus
enseguida se calientan y los prejuicios sólidamente implantados
en cada uno son despertados –él lo sabía, lo tuvo en cuenta–.
Con el fin de solicitar a mi lector que perciba mejor este
asunto, no haré más que mencionar el debate muy vivo, que
en 1946, vio oponerse a Henri Ey y a Jacques Lacan sobre la
cuestión locura (alienación)/libertad. Veinte años más tar-
de (1967), Lacan –hecho rarísimo– se autocita: “Lejos de que
sea para la libertad un insulto (como Ey lo enuncia), ella es su
compañera más fiel, ella sigue su movimiento como una som-
bra”, luego señala “el inasequible consentimiento [subrayo] de
la libertad” a la locura.
Primer gesto de prudencia: le sucedió a Lacan (1972) –rién-
dose– pretender nunca haber tratado la libertad, lo que ya se
sabe que es propiamente inexacto, lo que se puede abrochar con
una palabra: una finta. La misma finta pronto será jugada nue-
vamente cuando, interrogado sobre el punto de saber si él creía
en la libertad. Él respondió a su interlocutor que era gracioso…
Cuando la libertad se exhibe, Lacan la coloca de lado más
frontalmente. El 3 de febrero de 1972, considerándolo “inde-
cente”, él propone que sea borrada de las paredes de la Repú-
blica francesa la inscripción; “Libertad, Igualdad, Fraternidad”;
poco antes (10 de marzo de 1970), había sido objeto de una
carga semejante: “Este encarnizamiento a la fraternidad sin con-
tar el resto, la libertad y la igualdad es algo curioso, de lo que
convendría que se perciba lo que recubre”. ¿Lo qué recubre?
¿Sabía que la República debía su divisa al teólogo católico
Fénelon? Es también al cristianismo que golpea, de una pata-