Mi primera publicacion Imago Agenda 204 | Page 44

LETRA VIVA LIBROS | Av. Coronel Díaz 1837 | Ecuador 618 | Buenos Aires, Argentina | Telefax 4825-9034 | www.imagoagenda.com Colaboración Muy despacito… la libertad: Jacques Lacan Escribe Jean Allouch jean.allouch@wanadoo.fr H ay aquí y allí en Jacques Lacan, a veces dispersos, enun- ciados que tratan sobre una problemática de la que todo indica que ha sido apenas retenida. Él mismo, por otra parte, la tuvo en cuenta sólo muy discretamente. Por eso, tales problemáticas ¿serían menos decisivas que aquellas de las que él subrayó –incluso martilló– su importancia? Suponerlo sería intempestivo. Sofista 1 , Lacan estaba atento a lo que sus oyen- tes o lectores eran susceptibles de acoger y ajustaba en parte su discurso sobre esta capacidad o mejor, incapacidad de aco- gida. Un solo ejemplo: él tiene en cuenta las resistencias (¡su- puestas!) de sus oyentes al pronunciar en Viena su conferen- cia sobre “La cosa freudiana”. Así su discurso era a la vez exotérico y esotérico. “Al buen entendedor, hola”. En él esta fórmula valía –en cierto modo– de firma. El hecho de que Lacan haya abierto su Escuela a mucha gen- te que la IPA no hubiera admitido, no le impedía de ninguna manera dirigir algunas de sus declaraciones a una elite. En sus primeros seminarios contó con la presencia de Jean Hyppolite, de Paul Ricoeur, de Louis Beernaert, de Conrad Stein, y algunos otros mejor informados que él de ciertas secciones del saber. Esto fue confirmado más tarde cuando, acogido por la Es- cuela Normal Superior, se regocija por el interés que daban a su seminario, aquellos a los que ofreció públicamente el título nobiliario de “pequeños príncipes de la universidad”. Verificaremos a continuación que el gran asunto de la liber- tad se presenta en Lacan como una de esas problemáticas 2 cru- ciales y que exigen ser tratadas con discreción. Freud también discreto. ¡Qué! ¡La libertad! Que se sepa, los psicoanalistas son bastante parcos al respecto. ¿Su oficio sobre todo no es el de valorizar hasta qué punto y de qué manera, inimaginable para ellos, el sujeto sufre miles de necesidades? ¿Su ejercicio no es poner al desnudo esas necesidades? Ellos están en relación con la ananké, no con la libertad. (Ananké: en la mitología y el teatro griegos, fatalidad, hado, destino). Freud va más lejos aun diciendo que no es tanto sobre una libertad al fin conquistada que desemboca el análisis, sino más bien en la aceptación de la dura realidad que la vida impone a todos y cada uno, lo que lleva a renunciar a gran parte de las satisfacciones pulsionales. En consecuencia no se sale de la neurosis más que accediendo a una miseria común (allgemei- nesungluck 3 ). Después de la hecatombe de la Primera Guerra Mundial, él afirmará que “la renuncia pulsional no tiene más un efecto plenamente liberador” 4 . ¿Una declaración de sabio? Tal vez. ¿Divertido? ¿Feliz? ¿Ligero?... No parece. No obstante, en lo que concierne a la libertad, Freud tuvo pa- ralelamente otro discurso que, sin mucho ruido allí también, da a entender que, en la locura, la libertad se levanta. ¿Acaso no se trata de esto, cuando él tiene en cuenta una “elección de la neurosis”, cuando contempla al homosexual como a alguien que desistió (Auswich, ausweichen) con respec- 44 | Imago Agenda | N° 204 | Verano 2018 to a la heterosexualidad, cuando declara 5 que toda existencia humana es gobernada por daimon y tuché, cuando dice ofre- cer al paciente la transferencia como un “terreno de juego so- bre el cual le es permitido desplegarse en casi completa liber- tad” 6 , cuando menciona 7 a los que, a la búsqueda de su felici- dad, se lanzan a “la tentativa desesperada de un levantamien- to (rebelión) por la psicosis” (subrayo: den verzweifelten Aufle- hnungsversuch der Psychose)? No nos desviaremos de Freud admitiendo que, si bien, de- terminaciones inconscientes parasitan al sujeto y se presentan ante él mediante diversas vías (síntomas, inhibiciones, pesadi- llas, actos fallidos, angustias, repeticiones traumatizantes, etc.), no por eso apartamos o no tomamos en consideración la pre- sencia, la incidencia y la insistencia en el sujeto de actos que dependen de su libertad. No se analizará del mismo modo ateniéndose resueltamen- te, si no obstinadamente, sólo a la necesidad o, todo lo contra- rio, apoyándose, por lo menos como una manera de “a priori útil” 8 , en que el sujeto, hasta en lo que menos le conviene y de lo que más se queja, ejerce su libertad. ¿Quién no entrevió nunca la carga pesada puesta sobre los hombros del analizante por un psicoanalista que no cesa de re- buscar, y de señalar tal, y luego tal, y después todavía tal otra necesidad que obran en él? Aquí sí puede ser llamado “pacien- te”, puesto que padece eso pacientemente. Lacan prudente. Podríamos contemplar que la discreción ma- nifestada por Lacan con respecto a la libertad fue al servicio de una tesis totalmente a medias, equilibrada, sin nada de excesi- vo. Sin embargo: esta discreción sostiene una tesis sobre la li- bertad que sorprende por su radicalidad. Le era necesaria tam- bién esta discreción, porque al evocar la libertad los espíritus enseguida se calientan y los prejuicios sólidamente implantados en cada uno son despertados –él lo sabía, lo tuvo en cuenta–. Con el fin de solicitar a mi lector que perciba mejor este asunto, no haré más que mencionar el debate muy vivo, que en 1946, vio oponerse a Henri Ey y a Jacques Lacan sobre la cuestión locura (alienación)/libertad. Veinte años más tar- de (1967), Lacan –hecho rarísimo– se autocita: “Lejos de que sea para la libertad un insulto (como Ey lo enuncia), ella es su compañera más fiel, ella sigue su movimiento como una som- bra”, luego señala “el inasequible consentimiento [subrayo] de la libertad” a la locura. Primer gesto de prudencia: le sucedió a Lacan (1972) –rién- dose– pretender nunca haber tratado la libertad, lo que ya se sabe que es propiamente inexacto, lo que se puede abrochar con una palabra: una finta. La misma finta pronto será jugada nue- vamente cuando, interrogado sobre el punto de saber si él creía en la libertad. Él respondió a su interlocutor que era gracioso… Cuando la libertad se exhibe, Lacan la coloca de lado más frontalmente. El 3 de febrero de 1972, considerándolo “inde- cente”, él propone que sea borrada de las paredes de la Repú- blica francesa la inscripción; “Libertad, Igualdad, Fraternidad”; poco antes (10 de marzo de 1970), había sido objeto de una carga semejante: “Este encarnizamiento a la fraternidad sin con- tar el resto, la libertad y la igualdad es algo curioso, de lo que convendría que se perciba lo que recubre”. ¿Lo qué recubre? ¿Sabía que la República debía su divisa al teólogo católico Fénelon? Es también al cristianismo que golpea, de una pata-