Mi primera publicacion Imago Agenda 204 | Página 40

LETRA VIVA LIBROS | Av. Coronel Díaz 1837 | Ecuador 618 | Buenos Aires, Argentina | Telefax 4825-9034 | www.imagoagenda.com porque sé que hay que luchar no sólo con dispositivos políti- cos sino con el propio inconsciente androcéntrico. En “Las huellas eróticas de la subordinación” señala que en todas las culturas la sexualidad humana se ha regulado de algún modo y que en la actualidad asistimos a una “polisexualidad mercantil”. ¿En qué consiste este régimen regulatorio? En la Post Modernidad todo está permitido, eso sí, siempre que proporcione algún rédito económico. La sexualidad gay y lésbica es objeto de comodificación en las redes de la indus- tria pornográfica, que mueve millones. Nadie quema a nadie en ninguna hoguera inquisitorial, y eso constituye sin duda un progreso. Pero como decía un antiguo chiste, lo que antes es- taba prohibido, hoy resulta obligatorio. Se observa una incita- ción al ejercicio compulsivo de la sexualidad, en una búsque- da desesperada de obtener un placer ilimitado, en un univer- so cultural donde los ideales colectivos y la trascendencia de la existencia individual han naufragado. El individualismo, que es según pienso, un extravío del proceso de individuación, vacía la existencia de sentido y nos enfrenta de modo brutal a la fi- nitud. Ante esa desesperanza, ¡a gozar que se acaba el mundo! En una cultura donde parece que todo es posible y que además estuviera fomentado, ¿cuáles son las nuevas formas de domina- ción de la sexualidad? Las mujeres jóvenes se adaptan al modelo masculino de ejer- cicio desapegado y compulsivo de la sexualidad, con la espe- ranza de lograr una relación duradera que es difícil de obtener. Esta es una observación clínica. Bajo la apariencia de una libe- ralización de las costumbres sexuales, hay mucho sometimiento femenino. La mistificación del amor romántico coexiste en las mentalidades de las mujeres jóvenes de hoy, de modo incom- patible, con el cinismo y el desapego postmoderno. Ante los fracasos reiterados de su búsqueda de empareja- miento, mientras escuchan el tic tac del reloj biológico, algu- nas jóvenes que transitan la década entre los 35 y los 45 años, aceptan la oferta mercantil del sistema médico y vitrifican sus óvulos, a la espera de que llegue el momento de encontrar un compañero con quien procrear. Si no lo encuentran, optan en algunos casos por fecundar esos óvulos con semen comprado, o buscan un embarazo en una relación episódica, o adoptan un niño a título individual. Estas formas de procreación en un contexto donde la dominación masculina se ha intensificado, se disfrazan de liberación femenina. El “masoquismo femenino” es un concepto controvertido, usted misma lo cuestiona, ¿cuáles son, desde su perspectiva, las bases de ese cuestionamiento? Yo encuentro de mucha utilidad el concepto freudiano de masoquismo erógeno, porque la coexcitación libidinal permite al sujeto sobrevivir a situaciones traumáticas sin enloquecer ni morir. Pero atribuir una sub especie de masoquismo a las mu- jeres, y describir el deseo de ser atado, ensuciado, humillado, poseído sexualmente o parir, como característico de la femini- dad, constituye un error clínico y un agravio hacia las mujeres. Ningún psicoanalista que tenga experiencia clínica encontrará casos de pacientes mujeres cuya condición erótica sea como la descripta por Freud. Él mismo ha ilustrado este punto con ca- suística de pacientes varones, ¡porque no tenía casos de pacien- tes mujeres! Quienes pagan para ser atados, ensuciados, gol- peados, como precondición necesaria de la excitación sexual, son varones. Tal vez eso ocurra, porque como dice Louise Ka- plan, una sexóloga norteamericana, las mujeres lo consegui- 40 | Imago Agenda | N° 204 | Verano 2018 mos gratis. Mi hipótesis es que Freud ha confundido las fanta- sías eróticas de los varones púberes, quienes en su estado de in- madurez, fantasean sobre cómo sería ser mujeres, desplegando un imaginario sádico anal, con las características psíquicas del erotismo femenino. Por ese motivo rechazo el concepto freu- diano de masoquismo femenino. En su lugar, propongo el de “erogeneidad de subordinación”, una manera de aludir al he- cho de que los sujetos expuestos de modo reiterado a abusos o torturas debido a su condición social, desarrollan una coexcita- ción masoquista para sobrevivir, lo que puede eventualmente facilitar la compulsión repetitiva de los traumas. En esa situa- ción están los niños, los ancianos, las mujeres, los migrantes… No es lo mismo utilizar ese concepto, que suponer una predis- posición en última instancia biológica, existente en las mujeres, para disfrutar con el maltrato. Una hipótesis de ese tipo ofrece una racionalización del dominio masculino y culpa a la víctima. Usted plantea la relación de dominio-sumisión que se da en las relaciones heterosexuales, donde la mujer quedaría en el lugar de la sumisión. Pero también señala que los vínculos homosexuales no están exentos de estas formas de dominación, ¿será esta mo- dalidad atribuible a la diferencia de género o será efecto de lo que Freud denominó pulsión de dominio y por lo tanto inherente a cual- quier sujeto más allá del género que lo habite? La abstracción del concepto de pulsión de dominio, que efec- tivamente es muy útil, nos dificulta utilizar un enfoque menos universal, para analizar las condiciones contextuales y la inte- riorización subjetiva de disposiciones que favorecen que algu- nos sujetos ejerciten esa pulsión, mientras que otros la inhiben o la delegan en un partenaire. En los vínculos sexuales y afectivos que se establecen entre sujetos del mismo sexo, existen relaciones de género, que en última instancia son relaciones de poder, que se erotizan y se imaginarizan refiriéndolas a la masculinidad y a la feminidad. Femenino y Masculino no son otra cosa que lo que se dice, o sea, representaciones y valoraciones colectivas. Paul Preciado, un filósofo transexual cuya obra se inscribe en los Queer Studies, no se priva de proclamar su deseo de ser el Amo, a lo que secamente añade, “sin excusas”. Bueno, que no se excuse, personalmente lo encuentro política y éticamente repro- bable, aunque esa sea su condición erótica o su goce, como quie- ran llamarlo. Hay teóricas, como Rosi Braidotti, que se refiere a un “deseo de feminismo”. Yo lo prefiero a un deseo de ser el Amo. En relación a la identidad de género hay quienes platean que el lí- mite es el cuerpo, que las intervenciones en lo real del cuerpo bor- dearían la psicopatología. ¿Qué piensa al respecto? Una vez me invitaron a unas Jornadas en la Legislatura de la CABA, contra la patologización del transexualismo. Acepté, pero me quedé pensando en si realmente no me parecía pato- lógico, sobre todo teniendo en cuenta las mastectomías, los im- plantes mamarios, la ablación del pene y los testículos, etc. Esas reflexiones se mantuvieron en estado de asamblea, hasta que recordé la rinoplastia de una prima y el lifting de otra parien- te. Allí comprendí que existen operaciones mutiladoras y cruen- tas como parte de la oferta del sistema médico, que sacrifica el cuerpo viviente al ideal estético o erótico del momento. Las cirugías que reafirman el género asignado resultan normaliza- das, aunque configuren un cuadro de adicción poliquirúrgica. En cambio, las intervenciones de cambio de sexo son patologi- zadas. Creo que son más “normales” de lo que aparentan, dado que se inscriben en la tendencia actual hacia una medicina del deseo, que deja atrás las intervenciones médicas destinadas a restaurar la salud y la vida. Por lo menos, no me parecen más