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Universidad y Psicoanálisis
Borges , materia obligatoria en la formación de analistas
Pía Fragueiro
pia@fragueiro.com
Hugo Dvoskin
hugodvoskin@gmail.com
Sergio Lejburgos se acercó a su profesora Macarena y le
preguntó qué podría leer para entender mejor la idea de
que “un significante no se significa a sí mismo”.
M: -¿Por qué no lees “Menard autor del Quijote”? Es un
texto de Borges que está en Ficciones.
SL: -¿Sobre el concepto de sobre-determinación?
M: -Ahí es fácil, leéte “Emma Zunz”, además es un poli-
cial de antología.
SL: -Última, ¿para entender la diferencia entre lo sim-
bólico y lo real?
M: -Vas a tener que cambiar de libro pero no de autor.
Lee “Los dos reyes y los dos laberintos”. Está en El aleph.
De paso dale una hojeada a ese cuento.
SL: -¿Vos pensás que Borges debería ser materia obliga-
toria en nuestra formación?
Un laberinto en un texto borgeano.
“Los dos reyes y los dos laberintos” 1 / 2
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esde su ingreso a la secta del Fénix, Lejburgos solía citar-
se con alguna mujer interesada en Borges en la Biblio-
teca Nacional. Esa vez había sido con una psicoanalista
a la que Sergio conocía por haber asistido a algunas clases de
Lacan. Un encuentro literario que siempre podía orientarse en
alguna otra dirección. El barrio pleno de bares y plazas invitaba.
Macarena propuso que leyeran juntos un cuento corto: el de
los dos reyes y los dos laberintos. Miraron desde las alturas del
quinto piso e imaginaron que estaban en aquella isla próxima
a Babilonia. Abordaron ese primer laberinto en el que uno de
los reyes introduce al otro. Las infinitas galerías, las escaleras
escherianas, las geometrías lovecraftianas, los túneles inútiles,
los espejos que reproducían al mismo sol para que ni siquiera
eso pudiera ser una orientación. Imaginaron a ese árabe de no-
toria simpleza perdido e implorando socorro divino. Supo agre-
gar tenacidad y perseveración para poder salir. Lo imaginaron
agotado, pleno de odio pero no menos caballero y respetuoso
de las reglas. O quizás capaz de semblantear cortesía y disfra-
zar el plan de venganza que –como Emma Zunz– ya pergeñaba.
Como la historia era corta la leyeron varias veces. Leía Ma-
carena “Sus labios no profirieron queja ninguna, pero le dijo
al rey de Babilonia que él, en Arabia tenía un laberinto mejor y
que, si Dios era servido, se lo daría a conocer algún día. Luego
regresó a Arabia”. Al terminar el cuento, Macarena le dijo que
comparando los laberintos la palabra “mejor” no era la ade-
cuada. Que el laberinto que había propuesto el rey de Arabia
donde habría de fallecer el engreído rey de Babilonia no era ni
mejor ni peor. Simplemente era de otra estofa.
Lejburgos buscaba en su texto y no encontraba la referencia.
Macarena acostumbrada a dar clases, intentaba instruir sobre ese
término que le resultaba excesivo. Sergio no encontraba la pala-
bra mejor en su texto. Buscó con ahínco. El cuento era suficien-
temente breve como para no encontrarla. Y no estaba. Cotejaron
los dos textos. Macarena propuso que vieran en las Obras Com-
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pletas. Sergio advirtió que lo que habían encontrando valía más
que cualquier búsqueda bibliográfica. O Borges lo había cambia-
do y ellos lo habían encontrado, o algún editor –como ya le había
pasado con El jardín de senderos que se bifurcan 3 había hecho un
traslape que no era sino una interpretación del texto. Había que
retomar el hilo de lo que Macarena había intentado explicarle.
Sergio tomó la computadora. Sabía que si bien era él el que
escribiría, no podía evitar saber si Macarena daría su consenti-
miento y lo aprobaría. Imaginó a Borges caminando por la Bi-
blioteca Nacional. También se imaginó siendo el Rey de Arabia.
“Soporté la burla a mi simpleza. Me sometí al imprudente la-
berinto –obra de la magia y la arquitectura, ideado por un hom-
bre que osó arrebatar los atributos del obrar divino–. Me sos-
tuve en la certeza de la mayor sabiduría de mi dios. Confron-
té el azar de toda obra humana. Agoté sus incontables y suti-
les calles. Vagué perplejo hasta la esquiva salida. Urdí, altivo,
la pena que mi soberbio adversario habría de pagar. Desafié la
ley que imploraba la identidad de la pena con el oprobio pa-
decido. Aquel soberano, rey del tiempo y la substancia, debía
claudicar ante el peso de la eternidad del espacio repetitivo y
sin tiempo. Insolente, se atrevió a desconsiderar la existencia
de El Laberinto donde no habría cosa que no estuviera perdi-
da entre infatigables espejos. En esa inimaginable creación de
los Inmortales su gloria se desgranaría en la arena.
Me vi tentado en creer que el laberinto de mi tierra era me-
jor, más vasto, más abrazador, aún más sutil y perplejo. Al mis-
mo tiempo, por algún soplo de humildad, pensé que por esas
mismas razones sería aún peor, porque allí no podría esperar-
se otra cosa que la muerte. Supe que ni mejor ni peor, simple-
mente inconmensurablemente atroz”.
Sergio anotó: Un desierto sin coordenadas temporo-espacia-
les, sin las callejuelas, sin la posibilidad de resolverlo yendo
siempre a derechas o a izquierdas es la nada misma, un desier-
to que es soporte de cualquier laberinto posible. Si en el mun-
do hay laberintos, el desierto es El laberinto. Un imposible aun-
que fuera posible ofrecerlo como condena o como venganza. Al
texto borgeano –como quizás había corregido Borges y Macare-
na había sugerido– le sobraba ese término. En el de Lejburgos,
en su edición de las Obras Completas de Borges que él escribi-
ría alguna vez como Menard supo escribir el Quijote, habría
esa sola modificación del texto original borgeano: no diría me-
jor, ni ese laberinto estaría en minúscula, diría EL laberinto.
Pd1 del Editor: Si bien en las O.C. la palabra mejor no figura, ha sido
posible encontrarla en ediciones diversas así como también en la
traducción al francés donde aparece “mellieur”. No se ha encontra-
do “mieux”. En las traducciones al inglés, según la época y la edi-
ción el término “better” puede aparecer aunque no es imposible en-
contrase con el término “his” labyrinth de origen desconocido.
En la versión portuguesa aparece el término “melhor” en una edi-
ción bilingüe en la que el término mejor no aparece en español.
En italiano “migliore” es habitual aunque “un altro” también ha sido
utilizada en una edición bilingüe.
Pd2: Es probable que este texto sea parte de un libro, de publicación aún
dudosa, titulado “Sergio Lejburgos, anagrama de Jorge Luis Borges”.
__________________
1. Borges, Jorge Luis. O.C., “El Aleph”, Emecé, p. 607.
2. https://www.grijalvo.com/Citas/b_Borges__Los_dos_reyes_y_los_dos_
laberintos.htm
3. Borges, Jorge Luis. O.C., “El Aleph”, Emecé, p. 472.