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Universidad y Psicoanálisis
De psicoanalistas en la universidad,
unicornios azules y cronopios
Escribe
Norma Bruner
normabruner@gmail.com
N
o todos los psicoanalistas tenemos la misma política
y posición a la hora de llevar adelante nuestro traba-
jo como docentes universitarios. No todos los docen-
tes o profesores universitarios tenemos la misma posición a la
hora de llevar adelante nuestro quehacer como psicoanalistas.
No todos los psicoanalistas trabajan como docentes univer-
sitarios y sin embargo sostienen una cierta política del psicoa-
nálisis. La política del psicoanálisis no es la política de la uni-
versidad argentina, aunque haya psicoanalistas argentinos en
política universitaria. Es muy difícil poder separar la política
de la universidad de la política e historicidad de nuestro país.
De manera inadvertida o advertidamente, siempre se tie-
ne una cierta posición política, no necesariamente partidaria,
ya que no hay ética sin política, si el sujeto está en cuestión.
El psicoanálisis no es tal sin una cierta ética a la hora de de-
finir al sujeto humano, objeto de sus intervenciones, y por ello
su política es precisamente la puesta en acto de la realidad de
lo inconsciente, siendo la transferencia el dispositivo donde el
psicoanalista tiene derecho o autorización para hacerse res-
ponsable de su dirección.
En lo personal, trabajo como psicoanalista y docente de la Fa-
cultad de Psicología de Universidad de Buenos Aires, y en otras
universidades del país y el exterior desde hace más de 30 años,
e intento seguir apostando a una posición ética que defienda la
singularidad, el derecho a la pura diferencia del deseo, y al mis-
mo tiempo, la utopía de hacerlo con otros, en un entramado y
desarrollo que nunca es individual sino en relación al semejante.
El psicoanálisis es una práctica de transformación, creado-
ra de diferencias en un campo donde no existían previamen-
te a su paso. Los psicoanalistas ejerciendo docencia universita-
ria, tenemos la posibilidad y oportunidad de hacer función del
significante, ponerlo a trabajar y hacer que su dimensión haga
marca en nuestros alumnos y por ende, en nosotros mismos.
Hay profesores y cátedras significantes y significativas, si de-
jan como saldo o resto entre el docente y el alumno un nue-
vo sujeto. El aprendizaje se produce en ese espacio transicio-
nal que no le pertenece ni al docente ni al alumno pero que no
puede generarse sin ambos en juego. Hay aprendizajes posi-
bles, si al cursar y/o dictar esa materia se logra un encuentro
entre docente y alumno y un proceso de transformación acti-
vo, si se despertó el deseo de aprehender porque la dimensión
lúdica, sorpresa e identificación, se puso en acto.
Cuando esto sucede los efectos resultan duraderos hasta bas-
tante después de haber rendido el examen final. Ese encuen-
tro transformador abre caminos y vías. Hay libros, autores, po-
siciones, debates, propuestas y conceptos que se vuelven refe-
rentes en el ejercicio profesional, y hay fichas, apuntes o ma-
nuales que son vendidos rápidamente luego del ciclo lectivo.
Hay cátedras y docentes, psicoanalistas inclusive, que sólo
ponen a funcionar la lógica de la repetición de lo real, con sus
efectos de mortificación y sacrificio sufriente, o de la fascinación
narcisista perversa de la mostración, incluyendo al alumno como
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público sumido y sometido en la angustia de la insuficiencia.
Un psicoanalista, si ha hecho él mismo un trabajo de análi-
sis, puede estar en mejores condiciones incluso que otros para
hacer docencia al aceptar la propia castración y ubicarse como
un simple pasador.
Habrá efecto sujeto si como resultado del encuentro, en el
aula o el consultorio, algo nuevo que imprima corte y diferen-
cia simbólica ocurrió.
La presencia del psicoanálisis y de psicoanalistas en equipos
interdisciplinarios, del orden de la Salud, Educación, Trabajo
Social u otros, resulta ser, desde mi punto de vista, imprescin-
dible y no sustituible si está en juego la defensa del estatuto
ético del sujeto humano y su desarrollo.
En esta ocasión, para el tema Psicoanálisis y Universidad voy
a elegir como sesgo el testimonio y reconocimiento. En el año
1980 ingresé a la Universidad de Buenos Aires como estudian-
te de Psicología, en 1985 recibía mi título de Licenciatura, y co-
menzaba la aventura profesional como psicoanalista y docen-
te universitaria. Al momento de mi elección de carrera univer-
sitaria la disyuntiva Medicina o Psicología jugó la primer par-
tida pero el guante no quedó en el piso, la pregunta e investi-
gación por las condiciones de posibilidad o imposibilidad, de
prohibición y/o de prescripción para que un bebé y/o niño, ad-
venga a una posición como sujeto de deseo en la infancia, si-
gue presente en mi aún hoy, como causa, límite y horizonte.
Dar cuenta de los procesos y las operatorias simbólicas pri-
mordiales a la constitución del sujeto, la incidencia de lo real
orgánico y los efectos imaginarios, los caminos para la cons-
trucción del cuerpo como propio, el valor del juego y del jugar,
el papel del Otro y otros primordiales, la historicidad y la épo-
ca, las condiciones sociales, los factores e indicadores de ries-
go para la detección e intervención temprana, las relaciones
y diferencias entre el autismo, las psicosis y las llamadas dis-
capacidades infantiles, son algunos de los problemas que me
propuse investigar y desarrollar.
En la década de los 80 a los niños con Autismo y/o Psicosis,
los que hoy integran el abanico social de las discapacidades in-
fantiles, se los llamaba “Aislados”, y de hecho, hubo un Primer
Congreso Argentino “del niño aislado” al que no concurrimos
más de 5 o 10 psicoanalistas. No es que hubiera menos autis-
tas, es que había menos psicoanalistas deseosos del brillo es-
cénico que otorga hoy ocuparse del Autismo, y el DSM no ha-
bía desembarcado en las escuelas aún. Luego de haberlo he-
cho, el efecto dominó se hizo imparable; con gran provecho
para los laboratorios ciertamente.
Tuve la fortuna de haber pasado mi concurrencia desde 1985
a 1990 por el Servicio de Psicopatología Infantil del Hospital La-
nús. El creado por Mauricio Goldemberg, e ingresar, en 1986 al
centro Dra. Lydia Coriat (Fepi ), ser parte de su historia y equi-
po durante 25 años hasta el 2011, como también en ese mis-
mo año ingresar a la docencia universitaria en la Facultad de
Psicología de la UBA, la que sigo ejerciendo en la actualidad.
Pese a todo –a buen entendedor pocas palabras– decidí du-
rante todos estos años, poner a debate, lecturas, temáticas y
posiciones. Haberlo hecho de esa manera me valió disgustos o
exclusiones y también, hay que decirlo, no pocas gratificacio-
nes y satisfacciones sustitutivas.
Pude construir un espacio dentro de la Facultad de Psicología